Josefina se mordió suavemente el labio y dudó unos instantes antes de contestar.
【Sí, en cuanto tenga mejor señal te llamo.】
Su abuela le mandó un sticker de OK, muy a la moda.
Josefina revisó el historial del chat y una sensación amarga le invadió el pecho, llenándola de tristeza y melancolía.
No pudo evitar llevarse la mano a la garganta. Sintió los huesos rígidos bajo la yema de sus dedos. Tragó saliva y, aunque ya no sentía un dolor punzante, se dio cuenta de la dura realidad.
No podía decir ni una palabra.
Abrazó sus rodillas, escondió el rostro entre ellas y se hizo un ovillo en la cama.
Felipe presenció la escena y sintió un nudo en la garganta. No fue capaz de seguir viéndola así, por lo que decidió salir de la habitación para darle a Josefina el espacio necesario para asimilar su nueva realidad.
Valentín tampoco se quedó. En el instante en que la puerta se cerró, le pareció escuchar el eco de un llanto ahogado.
El rostro de Valentín se tensó y dejó escapar un suspiro cargado de frustración.
—¿Qué clase de infierno es este?
Felipe, ya a varios pasos de distancia, no pudo contenerse y comentó:
—Justo cuando parecía que todo había pasado, esa tal Magdalena tenía que hacer de las suyas. ¿Cómo puede ser tan mala? ¿No va a estar en paz hasta que mate a alguien?
La mirada de Valentín se volvió gélida.
—Por ahora no podemos dejarla morir. Tal vez sepa cómo fabricar el antídoto. El director Gutiérrez y la señora no pueden quedarse así.
Esta calma era solo temporal.
Si fallaron la primera vez, era seguro que Ariadna volvería a mandar sicarios.
Si eso sucedía y ni Benjamín ni Josefina estaban recuperados, sería como estar esperando la muerte.
Especialmente Benjamín.
Él ya no podía ver.
Su mundo entero se había venido abajo.
—¿Qué? ¿Fracasaron otra vez?
La voz, teñida de asombro, resonó en la habitación. La mujer se contemplaba la manicura con el celular en altavoz sobre la mesa. Tras escuchar el informe de su subordinado, chasqueó la lengua.
—Esta mujer sí que tiene siete vidas.
—¿Continuamos con el plan, señorita? —preguntó el hombre al otro lado de la línea.
La mujer soltó una risita.
—Claro. ¿No es divertido ver a un ratón hacer milagros para intentar sobrevivir?
Apenas terminó de hablar, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Al ver quién entraba, la sonrisa de la mujer se congeló y cortó la llamada de inmediato.
—¡Hermano! ¿Por qué no tocas antes de entrar?
El hombre no dio un paso más. Se quedó en el umbral y, mirándola fijamente, preguntó:
—Últimamente estás gastando mucho dinero en mercenarios. ¿Alguien te molestó? Dime quién fue y yo me encargo.

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