Con los papeles en las manos y frente al cajón abierto, Josefina se quedó viendo a la nada por un momento.
Antes, ella era la que se encargaba de organizar ese estudio. Sabía de memoria en dónde iban los libros que él más usaba, cómo separar los documentos ordinarios de los confidenciales, dónde guardar las cosas importantes... Todo eso lo tenía grabado en su cabeza por inercia.
Entrar a esa habitación no se sentía ajeno; conocía cada rincón a la perfección. Porque ese también había sido su hogar. Había vivido ahí durante los cuatro años que duró su matrimonio.
¿Por qué se había negado tanto a regresar? La respuesta era simple: ese lugar estaba lleno de demasiados recuerdos, tanto buenos como malos. Había visto todos sus cambios y guardaba todo el sufrimiento y la tristeza que pasó. Si quería dejar atrás el pasado, lo primero que tenía que hacer era alejarse de ahí.
Y sin embargo, después de tantas vueltas, había regresado.
Con una sacudida de emociones en el pecho, apretó la carpeta, se dio la vuelta para sentarse en la silla y empezó a hojear los papeles.
Era un expediente sobre la trayectoria laboral de Emiliano en el extranjero. Mientras lo leía, frunció el ceño. Ahí no decía nada fuera de lo común ni sospechoso.
—El día que se llevaron a la abuela, después del ataque afuera de la clínica de reposo, mandé a investigar los contactos del lugar y di con Emiliano —se escuchó la voz de Benjamín entrando por la puerta—. Resulta que es muy amigo del director. Tengo la sospecha de que ese ataque está muy relacionado con él.
—Eso no es posible —negó Josefina, cerrando el expediente de golpe—. Él siempre me ha ayudado. Es absurdo pensar que quiere hacerme daño.
Los ojos oscuros y penetrantes de Benjamín la observaron con frialdad.
—¿Y por qué te ha ayudado tanto? ¿Te ha pedido algo a cambio?
—Le prometí que le pagaría muy bien.
Benjamín soltó una carcajada irónica.

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