Manuel se acomodó los lentes, ocultando el brillo extraño en sus ojos. Bajó un poco la mirada y asintió.
—Está bien. Si ahorita se te complica, dejamos el estudio en pausa. De todos modos voy a mantener el proyecto abierto. Cuando arregles tus asuntos, búscame.
—No es necesario que lo mantengas —replicó Josefina—. Si más adelante decido retomarlo, volvemos a organizar todo desde cero.
—No, cómo crees —sonrió Manuel con suavidad—. Si lo dejo abierto, al menos lo tendrás presente. Si lo cerramos por completo, a lo mejor se te quitan las ganas de volver.
Sus palabras parecían ocultar un doble sentido, pero Josefina no lo notó; solo levantó su vaso para tomar un poco de agua.
Manuel se puso de pie.
—Cualquier cosa que necesites, dime. Haré todo lo que esté en mis manos para ayudarte.
—Claro, lo tendré en cuenta. Muchas gracias —le dedicó una leve sonrisa.
—No hay de qué.
Manuel salió del estudio y se despidió. Cuando Josefina volteó, se encontró con la mirada pensativa de la abuela.
—¿Pasa algo, abuela? —preguntó mientras se acercaba, un poco confundida.
La señora le tomó las manos y le preguntó directamente:
—Jose, ¿te estás alejando de Manuel a propósito?
Josefina desvió la mirada rápidamente.
—Ay, claro que no. Nada que ver.
La abuela la examinó con atención.
—¿De verdad? ¿O sea que son imaginaciones mías?
—Te lo juro, abuela. Manu y yo somos amigos, y los amigos tienen que mantener su raya, ¿no? Ser tan encimosa no nos hace bien a ninguno de los dos.
La anciana no parecía muy convencida.
—¿Segura que no sientes nada por él?
Josefina negó con la cabeza, siendo cien por ciento honesta.
—Te lo prometo. Ya no intentes hacernos de cupido, que al rato solo vamos a pasar una vergüenza.
—Está bien, ya me quedó claro —asintió la abuela, decidiendo no insistir más en el tema.

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