—Señorita León, estuve marcándole pero no entraba la llamada. Me acabo de enterar de lo que pasó, ¿está herida? —La voz de Felipe delataba una gran preocupación.
¡Él se acababa de ir y enseguida ocurría algo así! ¡Era evidente que alguien los estaba vigilando de cerca!
Josefina cerró los ojos por un segundo y contestó:
—Estoy en el hospital. A mí no me pasó nada, pero Benjamín está grave. Los dos guardaespaldas también salieron muy lastimados, necesito que vayas a encargarte de eso.
—Ya me hice cargo de mandarlos al hospital —le informó Felipe—. Voy para allá con usted en este momento.
—Está bien —asintió Josefina.
Le indicó el nombre del hospital y colgó de inmediato.
Tenía la ropa empapada y el frío le calaba los huesos, haciéndola temblar sin control. Un fuerte olor a desinfectante impregnaba el aire. Al bajar la vista, se dio cuenta de que tenía restos de sangre en las manos.
Entró al baño y abrió la llave para lavarse.
Estaba aterrada, tanto que aún no podía dejar de temblar.
Había estado a punto de morir varias veces esa noche.
Alguien quería asesinarla.
Y estaba haciendo todo lo posible por conseguirlo.
Josefina se apoyó en el lavabo con ambas manos, tratando desesperadamente de sofocar el terror que la invadía.
—¿Señorita León? ¿Señorita León?
Desde afuera se escuchó la voz alterada de Felipe.
Josefina salió del baño con un semblante mortalmente pálido.
—Acá estoy.
Felipe soltó un suspiro de alivio al verla. La examinó de arriba abajo y le preguntó:
—¿Segura que no le hicieron nada? ¿No quiere que la chequen los médicos?
Josefina negó con la cabeza.
—No, estoy bien.
Tras una breve pausa, sonrió con amargura:
—Si no hubiera sido por Benjamín, no estaría contando esta historia.
La expresión de Felipe se volvió un tanto ambigua.

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