Las siluetas se movían borrosas bajo el agua, así que Josefina encendió los limpiaparabrisas traseros de inmediato para intentar distinguir la escena.
Los cinco o seis atacantes que quedaban ya estaban en el suelo.
Benjamín estaba medio arrodillado en un charco de sangre, apoyando su peso sobre la barra de metal que aferraba con la mano.
Las pupilas de Josefina se dilataron por la impresión. Salió corriendo del coche y se dirigió a toda prisa hacia él.
Se dejó caer de rodillas frente a él y trató de levantarlo.
—Benjamín, ¿cómo estás? ¿Benjamín?
La lluvia caía a cántaros sobre ellos. Él estaba completamente empapado, pero no solo de agua, sino también de sangre.
Josefina lo sostuvo del brazo.
—Levántate, vámonos al hospital...
Benjamín alzó la cabeza. Las gotas de lluvia colgaban de sus pestañas oscuras y sus ojos estaban inyectados de sangre, emanando un aura intimidante; la pelea acababa de despertar sus instintos más agresivos.
No obstante, clavó su mirada en ella y preguntó:
—¿Estás preocupada por mí?
Josefina estaba aterrada.
—No es momento para platicar de eso, vámonos rápido al hospital.
—¡Cuidado atrás!
Justo en ese momento, uno de los guardaespaldas heridos pegó un grito desgarrador.
Antes de que Josefina pudiera reaccionar, alguien la jaló con violencia, ¡haciendo que los dos intercambiaran posiciones en un parpadeo!
¡Zas!
¡Fue el ruido sordo de una navaja cortando carne!
Josefina al fin comprendió lo que había pasado: ¡uno de los tipos que estaba en el piso se había levantado e intentó asestarle una puñalada mortal!
Sin embargo, el arma no perforó su cuerpo, ¡sino que se hundió profundamente en el hombro de Benjamín!
—Benjamín...

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