—¿Bueno?
Josefina contestó el teléfono. Su tono de voz ya no era tan frío como antes.
—Jose.
—¿Dónde estás? —preguntó el hombre con voz algo ronca.
—Voy manejando. ¿Pasa algo? —respondió Josefina.
Benjamín guardó silencio un instante antes de volver a hablar, ahora con un tono de resentimiento:
—¿No vas a venir a verme?
Josefina se quedó muda.
Apretó el volante con fuerza, clavando la vista en el camino, y, tras dos segundos de duda, le dijo:
—Ahorita voy para allá.
—Bien, aquí te espero —respondió el hombre con un tono que pareció animarse al instante.
Al terminar la llamada, Josefina soltó un ligero suspiro de resignación.
Dio una vuelta en U y condujo en dirección al hospital donde estaba internado Benjamín.
El ambiente en la habitación VIP era excelente. La cama era amplia y también había un sillón. Un ramo de flores descansaba en un jarrón, soltando una fragancia suave que ocultaba casi por completo el olor a desinfectante.
Al entrar, vio al hombre recostado contra la cabecera, con una mesa plegable enfrente en la que tenía una laptop con la que trabajaba afanosamente.
Valentín estaba parado a un lado, esperando instrucciones.
Se escucharon unos toques.
Josefina se detuvo en la puerta y llamó con los nudillos.
—Estás herido, deberías descansar, ¿no crees?
Benjamín levantó la vista hacia ella. En sus oscuros ojos brilló una chispa y en sus labios se dibujó una leve sonrisa.
—Jose, ¿te preocupas por mí?
Josefina pasó y acercó una silla para sentarse a su lado. —Después de todo, me salvaste la vida. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte y preocuparme.
—Jose, somos marido y mujer. No tienes por qué ser tan formal conmigo. Haría cualquier cosa por ti de buena gana —sonrió Benjamín, marcando aún más su expresión.

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