Cuando Leonor entró, Ethan estaba sentado junto a la ventana, revisando unos documentos. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, dibujando un perfil severo en su rostro.
Hoy era el día de su partida hacia el país Z. El vuelo estaba programado para las cuatro de la tarde, así que todavía tenía tiempo de sobra.
Por eso, Leonor había decidido pasar por el sanatorio para visitar a Luna.
Al oír el ruido, Ethan levantó la cabeza.
Su mirada se detuvo un instante en Leonor y luego volvió a su habitual expresión distante.
—¿Qué haces aquí otra vez?—.
¿No acababa de tratar a Luna hace unos días?
Leonor ignoró el tono mordaz de sus palabras y se dirigió directamente a la cama de Luna, donde dejó su maletín de medicinas.
Los ojos de Luna se iluminaron y se incorporó de inmediato: —¡Leonor!—.
Ahora ya podía sentarse por sí misma, y sus piernas ya no se sentían tan débiles como al principio.
Leonor esbozó una leve sonrisa y sacó las agujas de plata: —¿Cómo te sientes hoy?—.
Hoy no había venido a tratar las piernas de Luna, sino a estimular los nervios de su cerebro para ver si existía la posibilidad de que recuperara la memoria.
—¡Muy bien!—.
Exclamó Luna emocionada. —¡Ayer incluso di un par de pasos por mi cuenta!—.
Ethan, que había sido ignorado por ambos como si fuera invisible, cerró el documento y su mirada se posó involuntariamente en Leonor.
Hoy, Leonor llevaba un suéter de punto de color claro y el pelo recogido de forma casual, dejando al descubierto la nuca. Irradiaba un aire de serenidad.
Su nuez de Adán se movió ligeramente. Por alguna razón, recordó el día de su decimoctavo cumpleaños, cuando ella, vestida con un vestido blanco, estaba de pie bajo el sol.
—¡No fui yo!—.
En sus sueños, la mirada desafiante de Leonor parecía resurgir ante sus ojos, haciéndole estremecer.
—¿Hermano?—.
La voz de Luna lo trajo de vuelta a la realidad.
Retiró las agujas y miró a Luna: —El día que te caíste, yo ni siquiera estaba allí. Fue Tania quien me mandó a buscar algo. En ese momento, ¿no estaban solo tú y Tania?—.
Luna se quedó perpleja. ¿Qué culpable?
¿Acaso su hermano y su madre siempre habían considerado a Leonor como la responsable de su accidente?
Con razón la trataban tan mal cada vez que la veían...
No sabía si fue por la acupuntura o por las palabras de Leonor, pero su mente ya no estaba en blanco como antes. Podía vislumbrar algunas imágenes de sus recuerdos.
Luna frunció el ceño: —Yo… creo que sí, algo de eso recuerdo…—.
—¿Lo recuerdas?—.
Por primera vez, Leonor se mostró visiblemente emocionada.
No se había hecho ilusiones de que Luna lo recordara todo en una sola sesión.
Pero si Luna realmente podía recordar, la culpa que había cargado por Tania finalmente desaparecería, y nadie podría volver a acusarla injustamente.

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