—Luna, deberías descansar.
—No pierdas el tiempo charlando con gente insignificante.
—Quién sabe con qué intenciones se acerca a ti.
La madre de Luna había aparecido en la puerta sin que se dieran cuenta. Su mirada recorrió a Leonor, con un aire de escrutinio y un rechazo apenas disimulado.
Luna hizo un puchero: —Mamá, todavía no he terminado de hablar con Leonor.
La madre frunció el ceño, su tono no admitía réplica: —Mira tu ropa, ve a cambiarte primero.
La ropa de Luna, después de la rehabilitación, estaba empapada en sudor.
Luna bajó la vista, soltó un «oh» a regañadientes y se giró hacia Leonor para susurrarle.
—Leonor, espérame un momento, me cambio de ropa y ahora seguimos hablando.
Leonor asintió, viéndola alejarse empujada por una enfermera. En la sala de rehabilitación solo quedaron ella y la madre de Luna.
El aire se tensó por un instante.
La madre de Luna la miró fijamente, su tono era frío e indiferente: —Leonor, ¿a qué has venido?
—¿No te dije antes que no vinieras a buscar a Luna si no era necesario?
La expresión de Leonor no cambió.
—He venido a verla.
—Aunque la pierna de Luna se está recuperando bien, todavía no ha recuperado la memoria por completo.
La madre de Luna resopló.
—Sí, por suerte no le han quedado secuelas, de lo contrario...
No terminó la frase, pero el significado era obvio.
Los dedos de Leonor se apretaron ligeramente, pero mantuvo la calma.
—Señora Ramos, si no hay nada más, me voy.
—Al fin y al cabo, a usted tampoco le gusta verme aquí.
—Espera.
Leonor se estaba yendo.
La madre de Luna la detuvo de repente, recordando las palabras que Ethan había dicho en un arrebato.
El humor de la madre de Luna era complejo.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera Salió del Infierno