Por supuesto, Maddox no tenía objeciones. Sabía que Johnathan no confiaba en él en ese momento. Pero Mateo no pudo evitar intervenir:
—Maddox tampoco quería que esto pasara. Tú...
Antes de que pudiera terminar, Johnathan estrelló su puño contra la pared.
—¡Dije que los trajeran! —gruñó, cada palabra helada como el hielo.
Era como si no pudiera sentir el dolor. Su mano estaba cubierta de sangre.
Quinn dejó escapar un pequeño gemido de sorpresa. Parecía que quería decir algo, pero Johnathan le dirigió una mirada fría, y no se atrevió a pronunciar una palabra.
—¡Cálmate, Johnathan!
Stone y Draven lo observaron con nerviosismo, temiendo que de repente arremetiera contra Maddox. Johnathan no dijo ni una palabra. Se dio la vuelta, empujó la puerta y regresó adentro.
Draven suspiró y se volvió hacia Maddox:
—Ya sabes cómo es. No te lo tomes personal.
—¿Cómo podría no hacerlo? —Maddox negó con la cabeza—. Realmente fue mi error.
Tanto los invitados como el personal habían estado bajo su responsabilidad. Para que algo de tal magnitud hubiera ocurrido, no podía eludir su culpabilidad. Casi deseaba que Johnathan lo hubiera golpeado; si recibir una paliza pudiera remediar esta situación, la habría aceptado de buen grado.
Maddox ya había previsto que Johnathan querría interrogar personalmente a los tres sospechosos, por lo que se había adelantado a hacer los preparativos necesarios. En menos de media hora, los trajeron al hospital.
Esta vez fue Stone quien se acercó para llamar a Johnathan.
—Ya están aquí. ¿Quieres ir a verlos?
Johnathan permaneció inmóvil. Simplemente continuó sentado, sin apartar la vista de Sierra ni por un instante.
Stone frunció el ceño con preocupación.
—¿Acaso pretendes hacer esto en la habitación del hospital?
—No creo que Sierra quiera presenciar eso —respondió Johnathan en voz baja.
Finalmente reaccionó, volviéndose para enfrentar la mirada de Stone. Un destello inusual de vulnerabilidad atravesó sus ojos.
—Tengo miedo de que, si me marcho aunque sea por un momento, vuelva a sucederle algo.
Stone había sido compañero de armas de Johnathan durante años, había combatido a su lado en incontables ocasiones, pero jamás lo había visto mostrar semejante fragilidad. Sintió cómo se le oprimía el pecho.
—Si confías en mí, me quedaré aquí custodiándola.
—Mientras yo respire, nadie le pondrá un dedo encima a Sierra —declaró con férrea determinación.

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