Sierra llamó apresuradamente a Dickson, pidiéndole que verificara si Jonathan estaba al lado. La noticia llegó: Jonathan no estaba en casa.
En ese momento, Sierra sintió como si una cuerda de razón en su cerebro se hubiera roto por completo. Sin dudarlo, marcó el número de Shane, esta vez sin ningún temor, solo con el corazón lleno de rabia.
Tan pronto como se conectó la llamada, exigió ferozmente:
—Shane, ¿qué le hiciste al Sr. Yeager?
Shane quedó desconcertado al otro lado; esta era la primera vez que Sierra le hablaba con ese tono. Incluso a través del teléfono, podía imaginar la expresión furiosa de Sierra. Siempre había querido verla emocional, pero desafortunadamente, era por Jonathan.
Descubrió que no le agradaba.
—¿Acaso sabes de lo que estás hablando?
—Shane, si le pasa algo, nunca te lo perdonaré.
Sierra colgó inmediatamente después. Shane, quien estaba acostumbrado a ser quien terminaba las llamadas, se quedó escuchando el tono de marcado, sus ojos mostrando primero sorpresa, luego rápidamente llenándose de ira siniestra.
Resopló fríamente.
—Así que esta es tu debilidad.
No había planeado hacerle nada a Jonathan porque aún no lo había descifrado por completo. Pero ahora, no podía resistirse. Lo desconocido siempre es lo más intrigante, ¿no es así?
Sierra estaba turbada. Confirmó que había habido un accidente y que todos los involucrados habían sido llevados al hospital. Desesperada por noticias, se apresuró al hospital.
—Disculpe, ¿a dónde llevaron a las víctimas del accidente en la calle del Ayuntamiento? —preguntó ansiosamente.
—Departamento de emergencias, por allá...
Antes de que la recepcionista pudiera concluir su frase, Sierra ya se había lanzado a correr desesperadamente. Detenida frente a la sala de cirugía de emergencia, contemplaba con angustia el indicador luminoso sobre la entrada. Sus labios se estremecían sutilmente mientras el pánico inundaba su mirada.
Desconocía la gravedad de las heridas de Jonathan, y se reprochaba su imprudencia. Nunca debió haberse aproximado tanto a él, consciente de que Shane —un perturbado que se deleitaba atormentando a otros— jamás perdonaría a nadie cercano a ella.
A pesar de todo, no había logrado mantener la distancia. Aquel día, cuando Jonathan apareció para recogerla, había provocado la furia de Shane, y debería haber extremado precauciones. Si hubiera confrontado a Shane anticipadamente, Jonathan habría permanecido ileso.
En estos momentos, su mente era un caos dominado por el terror. Sumergida en este torbellino de pensamientos, las luces del quirófano se extinguieron súbitamente y el médico emergió al pasillo.
—Doctor, ¿cuál es el estado del paciente? —preguntó con voz temblorosa.
Antes de que el facultativo pudiera responder, una voz conocida pronunció su nombre:

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