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La Heredera Perdida: Nunca Perdona romance Capítulo 280

Chase parecía haber visto un fantasma.

—¿Él realmente sabe cocinar?

Lo que resultaba aún más sorprendente era que estuviera dispuesto a hacerlo.

Sierra no pudo contenerse.

—El señor Yaeger es una gran persona. Es solo que algunas personas nunca se han molestado en comprenderlo.

Chase captó inmediatamente la indirecta. La examinó de arriba abajo.

—¿Sabes quién soy?

Sierra lo miró directamente a los ojos.

—Solo sé que si alguien hace infeliz al señor Yaeger, entonces no merece ser feliz tampoco.

Aquello tomó a Chase por sorpresa. Podía ver lo seria que estaba. No temía ofenderlo en absoluto, todo por defender a Johnathan.

Johnathan, que acababa de terminar de lavarse, salió de la cocina justo a tiempo para escuchar eso. Las comisuras de sus labios se elevaron ligeramente, disminuyendo la irritación en su corazón. Mientras se cambiaba los zapatos, dijo:

—El relleno está listo y la masa está reposando. Tú y Dickson pueden empezar. Me uniré a ustedes para envolverlos cuando regrese.

Sierra intervino:

—Tú los haces mejor. Los nuestros siempre se desmoronan.

Johnathan sabía exactamente lo que estaba haciendo: diciéndole que se apresurara.

—Entendido —respondió cálidamente, y cerró la puerta tras él.

En el instante mismo en que la puerta se cerró tras ellos, toda expresión de calidez se desvaneció de su rostro. Solo permaneció una gélida indiferencia, como si hubiera descendido una máscara invisible.

En lugar de dirigirse al vestíbulo principal, condujo a Chase hacia la escalera de emergencia y preguntó con sequedad:

—¿Qué pretendes?

Chase lo observó detenidamente durante un prolongado momento, su rostro reflejando una mezcla compleja de emociones.

Desde el fallecimiento de Cindy, jamás había vuelto a presenciar esta faceta de Johnathan. En cada uno de sus encuentros posteriores, su hijo había mostrado únicamente furia o una frialdad impenetrable. A medida que avanzaba hacia la adultez, Johnathan había perfeccionado el arte de enmascarar sus sentimientos, lo que solo había acentuado la distancia entre ambos.

Con el transcurso de los años, Chase había llegado a convencerse de que aquellas eran las únicas expresiones que su hijo aún conservaba en su repertorio emocional.

Sin embargo, hoy había vislumbrado algo diferente: calidez, incluso ternura. La manera en que Johnathan se había comportado en aquel apartamento—cocinando, intercambiando bromas, estando verdaderamente presente—representaba una novedad desconcertante.

Lo más sorprendente era que aquella conducta no parecía forzada ni artificial. Le resultaba natural, como si recuperara una parte esencial de sí mismo.

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