Cada día después de terminar su trabajo en el laboratorio, Sierra volvía silenciosamente a su rincón y seguía trabajando en ello. Había fracasado más veces de las que podía contar. Pero esto—esto era de lo que más orgullosa se sentía.
Para ella, este lugar era su refugio. Y ese pequeño obsequio artesanal representaba lo único genuino que podía ofrecerle.
Apenas terminó su explicación, Jonathan la envolvió en un abrazo intenso que pareció detener el tiempo. Transcurrieron varios minutos antes de que finalmente hablara, con voz entrecortada por la emoción.
—Esto es... el regalo más valioso que jamás he recibido. Gracias.
Por primera vez, su cumpleaños no le resultaba insoportable. Alguien lo había recordado. Alguien se había preocupado. La soledad, por fin, había cedido.
Esa noche, el descanso fue lo último que buscaron.
Desde la sala hasta el baño y el dormitorio, dejaron huellas de su presencia en cada rincón. Sin necesidad de palabras, solo esa intimidad que nace de la necesidad más profunda. Se aferraron el uno al otro con ferocidad primitiva, como si aquella cercanía pudiera sofocar el dolor que ambos albergaban.
Los dos cargaban sombras en sus corazones. Pero entrelazados, la oscuridad perdía su gélido dominio.
Sierra ni siquiera recordaba en qué momento había sucumbido al agotamiento. A la mañana siguiente, fue el insistente tono de su teléfono lo que finalmente la arrancó del sueño—su supervisor la estaba llamando.
A pesar del permiso concedido por su profesora, Sierra aún tenía pendiente completar la revisión del proyecto de laboratorio.
Al escuchar su voz ronca, Autumn concluyó de inmediato:
—No tenías buen aspecto ayer. ¿Estás enferma? Descansa. Hablaré con el profesor para que te conceda unos días más.
Sierra tosió incómoda.
—No, estoy bien. Mañana volveré a la normalidad.
No podía revelar la verdad. Mientras todos sus compañeros corrían tras plazos y experimentos, ella había pasado el día... así. Y no estaba precisamente orgullosa de ello.
Autumn comenzó a añadir algo más cuando ambas escucharon una voz masculina al otro lado de la línea.
—¿Estás despierta? ¿Te duele algo?
Autumn soltó un jadeo de sorpresa.
—¡No puede ser! —exclamó antes de colgar abruptamente.
Sierra se quedó sin palabras. Aquello lo había revelado todo. Sus mejillas ardieron de vergüenza. Ya no había forma de ocultarlo.
Jonathan, completamente ajeno a la situación, se inclinó para besar su mejilla. Las cosas entre ellos habían cambiado. Después de la noche anterior, ya no sentía la necesidad de esconderse tras una fachada de compostura. Por fin se permitía ser vulnerable con ella.
—¿Tienes hambre? Vamos a comer algo —dijo.
Sierra asintió. Luego recordó algo.
—No puedes mojar tus manos.
—No lo hice. Usé guantes.

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