Realmente era hermoso. Sierra no podía encontrar las palabras para describir lo que estaba viendo. Entonces recordó lo que Jonathan le había dicho antes—que vería lugares aún más hermosos en el futuro. No solo lo decía. Lo estaba demostrando con sus acciones.
Giró la cabeza para mirarlo, solo para descubrir que él ya la estaba mirando. En sus ojos oscuros, como obsidiana, solo veía su propio reflejo. Podía escuchar su propio corazón, latiendo salvajemente en su pecho. Esta noche era inolvidable—para todos ellos.
Más tarde, al caer la noche, Sierra permaneció junto a su abuela, como siempre hacía. Desde que descubrió su enfermedad, había adoptado la costumbre de dormir a su lado. Pero esta vez, la anciana murmuró con voz serena:
—Estaré perfectamente sola. Ve a descansar.
—Abuela...
Antes de que Sierra pudiera objetar, su abuela añadió con una sonrisa cómplice:
—Ve con él.
Sierra enmudeció. El rubor tiñó sus mejillas, provocando una suave risa en la anciana.
—Los jóvenes merecen su propio espacio. Y agradece a Jonathan de mi parte. Estos días han sido los más dichosos que recuerdo.
Finalmente, Sierra accedió a marcharse. Pero antes de hacerlo, insistió repetidamente a su abuela que los llamara ante cualquier necesidad.
Solo cuando quedó sola, la sonrisa de la anciana se desvaneció, cediendo a una expresión de profunda melancolía. Su condición empeoraba visiblemente. El dolor había aumentado durante la última semana, obligándola a incrementar su medicación simplemente para soportarlo. Comprendía lo que eso significaba.
Si pudiera elegir, habría deseado permanecer más tiempo y ver a su Sierra con un vestido de novia. Tomó su teléfono y marcó nuevamente el número de Yulia. Como siempre, sin respuesta. Un suspiro cansado escapó de sus labios.
Mientras tanto, Sierra estuvo parada fuera de la puerta de Jonathan durante mucho tiempo antes de finalmente reunir el valor para llamar.

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