Al escuchar el elogio de Sierra, Jonathan instantáneamente sintió que todo el viaje había valido la pena. Pasar media hora luchando con ese pez no era nada comparado con verla tan feliz.
A medida que el cielo se oscurecía, Jonathan dirigió el barco hacia un excelente lugar para hacer snorkel. Hizo que Sierra y Dickson se cambiaran a su equipo, luego hizo que alguien guiara a Dickson al agua mientras extendía su mano hacia Sierra. —Ven, te llevaré.
Sierra no sabía nadar, y mucho menos hacer snorkel, pero sin dudarlo, colocó su mano en la de Jonathan.
Era un mundo completamente diferente. Un mundo que Sierra nunca había visto antes. Había pasado más de veinte años rodeada mayormente de oscuridad, con solo breves vislumbres de luz. Pero ahora, se daba cuenta de que había lugares en el mundo tan hermosos como este.
El coral palpitante, los cardúmenes multicolores que zigzagueaban entre las rocas, el desplazamiento majestuoso de las tortugas marinas—todo quedó grabado en la retina de Sierra. Se sumergió tanto en aquella visión que solo regresó a la realidad cuando sintió las manos de Jonathan elevándola suavemente hacia la superficie.
—¡Es maravilloso, Jonathan! —exclamó con los ojos resplandecientes.
En ese instante, lucía genuinamente como la joven de veintitantos que era. Si el dolor no hubiera marcado su existencia... si hubiera crecido en una familia ordinaria... quizás siempre habría conservado esa chispa de asombro.
Jonathan cedió ante un impulso irrefrenable—aproximó su rostro hasta que sus frentes se tocaron.
—Sierra, te mostraré lugares aún más extraordinarios.
Para que esa sonrisa nunca desaparezca.
Cautivado por su entusiasmo, Jonathan la guió bajo el agua varias veces más, hasta que el agotamiento venció finalmente a Sierra.
Dickson compartía el mismo asombro. Habiendo crecido entre dificultades, jamás había experimentado un privilegio semejante.
Durante el trayecto de vuelta, ambos sucumbieron al sueño. Jonathan extendió la mano, acariciando delicadamente la mejilla de Sierra. Su expresión, habitualmente impenetrable, se transformó en algo desconocido—algo vulnerable.
La abuela observaba en silencio. Por primera vez, sintió una certeza tranquilizadora. Los ojos nunca engañaban. Jonathan mantenía con todos una cortesía distante, una barrera invisible. Pero ante Sierra, esa barrera se desvanecía completamente. Sus emociones—todas ellas—fluían únicamente hacia ella.
—Jonathan, quiero pedirte un favor.
Al escuchar la voz de la abuela de Sierra, Jonathan inmediatamente la miró.
—Por supuesto. Solo dígalo.
—Cuando muera, haz que Sierra esparza mis cenizas en el mar.

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