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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 50

~MINA~

Llevaba casi todo el pinche día pegada en la ventana, vigilando discretamente que ningún cabrón que no fuera el güero se acercara a la propiedad. En mis manos tenía una pistola y sobre la mesa que tenía a mi lado había otras cuantas pistolas y municiones. Muchas municiones.

El güero me había dejado bien preparada por si cualquier cosa pasaba durante su ausencia. No es que yo fuera toda una Pancho Villa, pero el día anterior había practicado tanto mi puntería que al menos ya podía herir de gravedad a cualquier pendejo que se acercara a mí.

Sabía que no tenía nada de que preocuparme porque por los momentos la propiedad era segura y nadie podría saber la ubicación, porque únicamente la conocían Artem, Maksim Volkov y ahora yo. Nadie más.

Sin embargo no podíamos confiarnos tanto y fue por eso que el ruido de un motor acercándose a la propiedad me hizo incorporarme de golpe y agarrar con más fuerza la pistola que tenía entre las manos.

Me asomé con cuidado por uno de los costados de la ventana y mantuve la mirada fija en el vehículo hasta que lo reconocí. Era la camioneta de Artem.

Solté el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo y bajé el arma.

—Pinche güero —murmuré.

No sabía si estaba insultándolo porque me había hecho esperar casi todo el día o porque me sentía ridículamente aliviada de verlo regresar.

Tal vez por las dos cosas.

Me alejé de la ventana y dejé la pistola sobre la mesa junto a las otras justo cuando escuché abrirse la puerta principal. Artem apareció pocos segundos después y apenas entró a la sala su mirada cayó sobre el pequeño arsenal que yo tenía desplegado.

Enarcó una ceja.

—¿Esperabas que Montalvo llegara con todo el cártel?

—Tú me dejaste todas estas madres.

—Te las dejé para que estuvieras preparada, no para que montaras una armería en medio de la sala.

—Pues estaba preparada —rebatí, cruzándome de brazos—. Si se acercaba algún cabrón que no fueras tú, le iba a disparar.

Artem observó las armas otra vez.

—¿Cuál de todas ibas a usar?

Miré la mesa.

—La que agarrara primero.

Negó lentamente con la cabeza.

—Todavía tenemos mucho que entrenar.

Rodé los ojos y le cambié la conversación.

—¿Cómo te fue?

Su expresión cambió ligeramente y eso bastó para que dejara de pensar en las armas.

—La negociación con Valdés terminó. Firmó el acuerdo.

Mis cejas se elevaron.

—¿En serio?

—Sí. Finalmente dejó de poner peros y aceptó las condiciones de Maksim. La Bratva y el Cártel Valdés ya tienen un acuerdo.

Sonreí.

—Pos felicidades.

—Gracias.

Lo vi caminar hasta uno de los sillones y sentarse. Parecía cansado, aunque seguramente jamás lo admitiría. Yo me quedé de pie durante unos segundos antes de acercarme y ocupar el sillón de enfrente.

Entonces algo cayó en mi cabeza.

El trato con Valdés había sido la razón por la que Artem estaba en México.

Si el trato ya estaba cerrado...

—Entonces ya no tienes que quedarte aquí —dije.

Artem levantó la mirada hacia mí.

No me gustó absolutamente nada la sensación que me produjo decirlo.

—No —respondió—. De hecho, Maksim ya quiere que regrese.

Tragué saliva.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Qué tan pronto?

—No lo sé todavía. Le pedí unos días.

Fruncí el ceño.

—¿Para qué?

Artem me sostuvo la mirada como si la respuesta fuera bastante evidente.

—Para resolver esto.

—¿Esto qué?

—Tú, Mina.

Entorné los ojos.

—¿Yo soy un “esto”?

Una sonrisa apareció en una de las comisuras de su boca.

—Ahora mismo eres el problema más complicado que tengo.

—Qué bonito. Casi me haces llorar.

—No era un insulto.

—Pues necesitas trabajar en tus cumplidos.

Artem soltó una risa breve, pero después volvió a ponerse serio.

—No pienso regresar a Chicago y dejarte aquí sola mientras Montalvo sigue buscándote.

La broma murió inmediatamente.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—¿Y qué vas a hacer conmigo?

—Todavía no lo sé.

—Muy tranquilizador.

—Prefiero decirte que no lo sé antes que inventarte una solución que todavía no tengo.

Tenía razón, aunque no me gustara.

—¿Maksim sabe que estoy aquí?

—No.

Levanté la cabeza tan rápido que casi me lastimé el cuello.

—¿Cómo que no?

—No sabe nada de ti.

—¿Nada?

—Nada.

—Entonces ¿por qué aceptó ayudarte?

Artem se recostó contra el respaldo del sillón.

—Porque le ofrecí algo a cambio.

No me gustó nada la forma en que lo dijo.

—¿Qué le ofreciste?

—Quitar a Ezequiel Montalvo de su camino.

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo?

—Lo que escuchaste.

—¿Le prometiste deshacerte de Ezequiel?

—Sí.

—¿O sea matarlo?

—No le especifiqué cómo.

—Güero... eso es una pinche locura.

—Es un trato.

—¡Es prácticamente prometerle que vas a meterte de lleno contra Ezequiel!

—Ya estoy metido.

Abrí la boca y no encontré inmediatamente qué responder.

Porque tenía razón.

Había matado a hombres de Ezequiel, me había sacado de Sinaloa, estaba ayudándome a buscar a mi hijo y ahora utilizaba sus contactos con otro cártel para encontrar a dos hombres que podían saber qué había ocurrido con él.

Y todo por mí.

—No tenías que hacer eso —murmuré.

—Sí tenía. Te prometí que iba a ayudarte a encontrar a tu hijo. No acostumbro hacer promesas que no pienso cumplir.

Tragué saliva y aparté la mirada.

No sabía qué demonios decirle a un hombre que pronunciaba algo así con tanta naturalidad, como si comprometerse a enfrentarse con uno de los narcotraficantes más peligrosos de Sinaloa fuera simplemente otra cosa que tenía anotada en su lista de pendientes.

—Valdés dijo que pronto tendrá información —agregó—. Primero vamos a encontrar a esos hombres. Después veremos cuál es el siguiente paso.

Asentí despacio.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto continúas entrenando y yo voy a pensar qué m****a hacer antes de que Maksim decida venir personalmente a México a sacarme de aquí de una oreja.

Solté una risita, aunque la preocupación seguía instalada dentro de mí.

Porque ahora había otra cosa que no podía quitarme de la cabeza.

Artem iba a marcharse.

Quizá no mañana ni pasado mañana, pero iba a tener que regresar a Chicago y su vida estaba allá. No podía quedarse indefinidamente conmigo en una casa de Nogales mientras yo intentaba reconstruir la mía.

La idea de que Artem regresara a Chicago me produjo un malestar que intenté atribuir inmediatamente a mi situación. Era normal. Él era mi protección, el único hombre en quien confiaba allí y el único que estaba ayudándome a encontrar a mi hijo.

Eso tenía que ser.

No podía tener nada que ver con que ya me hubiera acostumbrado demasiado a verlo todos los días.

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