—Sin el abrazo de mi mami, Nora no puede dormir hoy.
—Te consigo a una señora para que te abrace.
—¿Y cuando tú no puedes dormir también buscas a una señora que te abrace?
Bastián no pudo evitar que la comisura de sus labios se moviera. Esa niña sí que hacía preguntas raras.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Señor, ¿puedes cantarle una canción a Nora?
Los ojos de Nora, enormes y chispeantes, lo miraban llenos de ilusión.
Bastián pensó en negarse de inmediato. Cantar no era lo suyo. Pero al ver la cara de esperanza de la niña, no pudo decir que no.
—¿Qué quieres escuchar?
—El conejito blanco.
—No me la sé.
—La del niño y el perro.
—Tampoco.
—¿Entonces… la de la ardillita?
—No.
Nora abrió la boca sorprendida, como si no pudiera creer que alguien no supiera la de la ardillita.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, subió la colina el cazador, no cazó al tigre, cazó a la ardilla… ¿Eso no te la sabes? ¿Es que nunca fuiste al kínder?
Bastián jamás había oído nada de conejitos ni ardillas cantadas.
Nora, decepcionada, se recostó mirando al techo y murmuró:
—No te sabes nada… Ahora entiendo por qué mi mami no te quiere.
Bastián vio que la niña ya estaba de malas y tampoco tenía mucha paciencia. Iba a salir del cuarto, pero al llegar a la puerta se detuvo.
Ya eran las doce. Una niña de cuatro o cinco años de verdad necesitaba dormir.
Temiendo que no pudiera dormir en toda la noche, Bastián se ablandó y sacó su celular. Buscó las canciones que ella mencionó, regresó despacio y se sentó en una silla junto a la cama.
—Si te canto, ¿me dices el nombre de tu mamá? ¿Trato hecho?
Mirando a Nora, Bastián no pudo evitar recordar a aquel niño de su pasado.
Siempre había querido una hija.
Decía que las niñas son tranquilas, atentas, como una bufanda suave que te envuelve el corazón.
Y si su hija se pareciera a Karla, cuando salieran los tres juntos, serían la familia perfecta.
Deseaba, desde el fondo de su ser, que todo esto no fuera solo su imaginación, que Nora fuera en verdad su hija.
Salió del cuarto y marcó un número.
...
Una hora más tarde, varios doctores entraron al cuarto de Nora. Tomaron algunas hebras de su cabello y se retiraron en silencio.
Luego se acercaron a Bastián, que estaba junto a la ventana, fumando despacio.
—Señor Bastián, ya tenemos la muestra.
Bastián expulsó una nube de humo y les respondió con voz dura:
—Quiero el resultado lo antes posible.

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