Esa palabra, “mamá”, puede salirle a un niño de manera instintiva cuando está en peligro: busca a su madre sin pensarlo. Pero también puede ser que, al verse en apuros, olvide disimular y revele así su verdadera relación.
Si es lo segundo, entonces Karla sería la madre de Nora. Que Nora apareciera en la subasta, que pintara su carro, y que luego se presentara en el hotel actuando como una hacker… todo eso empezaba a tener sentido.
Bastián apretó los labios, su mirada se fijó con fuerza en la mujer frente a él. Se quedó observándola un buen rato, sin decir palabra, pero por dentro, sentía que la cabeza le daba vueltas.
Si Nora era en verdad hija de Karla…
Eso significaba que también era su hija.
Claro, todo esto no eran más que suposiciones. Sin pruebas, Bastián no se atrevía a hacerse ilusiones.
La manera más directa de confirmarlo era con una prueba de ADN.
Las pestañas de Karla temblaron levemente. Alzó la mirada hacia Bastián, y en esos ojos oscuros y profundos, había una neblina imposible de descifrar. No podía saber en qué pensaba él.
—Bastián, ¿Karla está bien? —La voz preocupada de Tamara resonó desde fuera.
Al escucharla, Karla sintió una punzada de rabia. Esa voz le sonó falsa, hipócrita.
Había visto todo con claridad: Tamara fingió tropezar y tirar el hervidor con agua caliente, pero en realidad lo hizo a propósito, apuntando directo a Nora.
Karla apretó los puños, se acercó a la puerta y salió. Su mirada se clavó en Tamara.
Tamara la miró con una expresión temerosa, los ojos llenos de lágrimas y un aire de arrepentimiento.
—Perdón, de verdad, fue mi culpa, yo tuve la culpa por tirar el agua —balbuceó Tamara—. Karla, ¿estás bien? Si quieres, vamos al hospital.
—¿De verdad fue un accidente? —La voz de Karla era cortante, su mirada no se apartaba de Tamara.
Eso era exactamente lo que quería: lastimar a Nora, solo porque la niña había defendido a Karla hace un momento. La envidia y el odio la carcomían por dentro.
Capaz de hacerle daño a una niña tan pequeña…
A los ojos de Karla, eso no tenía perdón.
Pero Tamara nunca lo admitiría.
Negó con la cabeza una y otra vez, miró a Karla como si ella fuera una bruja malvada de cuento.
—¿Insinúas que lo hice adrede? ¡No! ¡Te juro que no! Fue un accidente, ni siquiera tengo nada en contra de esa niña, ¿por qué querría lastimarla?
—¿Ah, sí? —Karla alzó la cabeza y señaló hacia la sala de la familia Lozano, donde había cámaras de seguridad—. Si es así, ¿te animas a revisar las cámaras conmigo?

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