Cinco horas después...
El avión privado de Bastián aterrizó en la pista exclusiva del Aeropuerto Internacional de Ciudad Miraflores.
Al mirar la ciudad, tan familiar y tan distinta después de tanto tiempo, Karla sintió una mezcla de emociones. Jamás imaginó que regresaría de esta manera.
Al bajar del avión, Bastián y Tamara iban al frente, mientras Karla avanzaba a unos pasos detrás.
Para asegurarse de que no intentara escapar, cuatro guardaespaldas la seguían de cerca, sin quitarle los ojos de encima.
Por dentro, Karla no pudo evitar reírse con ironía. Ya había vuelto, ¿de verdad él todavía temía que se le escapara?
De pronto, Karla frenó y anunció:
—Quiero ir al baño.
Thiago se detuvo con ella y dijo:
—Señorita Karla, por favor, no tarde, la esperamos aquí.
—Ajá —asintió Karla, sin mirar a nadie.
Bastián también se paró y, al ver que Karla se alejaba en dirección opuesta, preguntó:
—¿Y ahora para dónde va?
Thiago respondió con calma:
—La señorita Karla dijo que va al baño.
A Bastián se le marcaron las arrugas de la frente. Si esa mujer quería ganar tiempo, mejor que lo dijera directo.
Sin embargo, decidió esperar ahí mismo.
...
En ese momento, los tres pequeños también llegaron a Ciudad Miraflores en un avión privado. Al salir del aeropuerto, los tres caminaron juntos, con los ojos bien abiertos y llenos de curiosidad.
Ramón levantó la vista, mirando todo a su alrededor.
—Así que aquí es donde vivió mamá cuando era chiquita…
Nora daba saltitos de emoción, sonriendo como si le hubieran regalado todos los dulces del mundo.
—¡Mami se va a poner superfeliz cuando nos vea!
Mientras tanto, Valentín se mantenía serio, observando a sus hermanos con una expresión tan rígida que parecía un adulto atrapado en el cuerpo de un niño. En el fondo, estaba convencido de que su mamá, al verlos aquí, no se iba a sorprender: más bien podría asustarse.
Soltó un suspiro, resignado. Tener dos hermanitos tan traviesos no era sencillo.
—Hermano, Nora quiere ir al baño —dijo de pronto la pequeña.
—Yo te acompaño —se ofreció Ramón enseguida.
—No, mejor quédense aquí esperándome —dijo Nora, agitando la mano antes de salir corriendo hacia los baños.
Iba tan apurada que no miró por dónde iba y terminó chocando de frente contra alguien. La pierna del desconocido era tan dura y larga que rebotó y cayó sentada en el suelo.
Bastián frunció el ceño, bajó la mirada y se encontró con una niña sentada en el piso.
—¡Eres tú!
La pequeña llorona de la otra vez.
Nora levantó la cabeza y de inmediato sus ojos se cruzaron con los de Bastián.
¡Malvado papá!
¡No puede ser!
Pero Bastián volvió a detenerla.
¿Una niña de cuatro o cinco años viajando sola en avión desde Nación Bosque de Jade hasta Ciudad Miraflores? Le costaba creerlo.
Antes de que pudiera decir nada más, Nora soltó un llanto desconsolado.
Bastián no entendía qué pasaba. ¿Tan horrible era para asustarla así?
Cada vez que la veía, la niña terminaba llorando.
—Bastián… ¡se hizo pipí! —Tamara señaló a Nora con cara de asco.
Bastián bajó la mirada y vio que la ropa de la niña estaba completamente mojada.
A Nora le ardían los ojos de la vergüenza y rompió en llanto aún más fuerte.
—¡Malo! ¿Por qué me detienes? ¡Quería ir al baño! —gritó, sollozando.
A Bastián le recorrió un escalofrío. Así que aquella cara tan rara de hace rato era porque la niña se estaba aguantando.
La pobre, tan orgullosa, y terminó mojándose delante de todos. No era de extrañarse que estuviera tan triste.
Al verla llorar así, Bastián sintió un leve remordimiento. Se quitó su saco y cubrió a Nora con él, envolviéndola por completo.
Tamara intentó evitarlo:
—¡Bastián, está sucia! Déjala, no te ensucies tú también.
Pero él la ignoró. Tapó bien a Nora con su saco y la levantó en brazos.
—Ya está, nadie te ve, ya no llores.
Nora, con los ojos y la nariz rojos, sintió un poco de alivio al quedar envuelta entre la ropa. Poco a poco, sus sollozos empezaron a calmarse.

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