Karla tardó diez segundos en reaccionar.
El mundo se le vino abajo.
—Ustedes… esto… Nora… yo…—balbuceó, tan nerviosa que no encontraba las palabras. Al final, solo pudo preguntar—: ¿Él los reconoció?
—No—respondió Valentín.
Menos mal.
El desastre solo había sido a medias.
Karla respiró hondo, obligándose a mantener la calma.
—Regresen a casa, yo veré cómo resolver esto.
—Ok.
Apenas colgó, una llamada desconocida entró a su celular.
Un mal presentimiento le recorrió el cuerpo.
Con la mano temblando, contestó.
Del otro lado, una voz masculina, dura como piedra:
—¿Eres la madre de la niña?
—Sí, soy yo.
—Tu hija está conmigo.
Karla reconoció de inmediato la voz de Bastián; un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué quieres?
—Hotel Real Alcázar. Ven por ella.
Escuchó el llanto de Nora de fondo. Sintió que el corazón se le partía.
—Ya sé lo que pasó, podemos hablarlo, llegar a un acuerdo. Si tengo que compensar lo haré, pero por favor, no lastimes a mi hija.
Bastián frunció el ceño, la voz de esa mujer le resultaba familiar, pero no lograba ubicarla.
Mientras pensaba en eso, la niña junto a él, Nora, lloraba aún más fuerte. Su llanto era de esos que subían y bajaban: un momento chillaba, al siguiente se calmaba, y de pronto, como si recordara algo triste, volvía a llorar con más ganas.
Bastián se frotó el entrecejo.
—No me interesa hacerle daño a una niña, pero tienes que venir a explicarme bien esto.
No creía que una niña supiera lo que era “abandonar a la familia”; ese tipo de cosas venían de un adulto. Necesitaba averiguar la verdad.
Colgó.
Karla, con el llanto de Nora retumbándole en el pecho, sintió que se le hacía trizas el alma. Quiso correr al hotel de inmediato, pero, tras dar dos pasos, se detuvo en seco.
No podía.
Ya lo había visto una vez en la subasta. Si lo veía de nuevo, iba a resultar demasiado sospechoso. Bastián podría descubrir que ella era Karla. Y si eso pasaba, entendería de inmediato que Nora era su hija.
Eso no podía ocurrir.
Jamás.
Caminó en círculos, celular en mano, sin saber qué hacer. De pronto, marcó el número de su mejor amiga, Úrsula.
Media hora después, Karla estaba al volante, con Úrsula y Valentín y Ramón en el carro, rumbo al Hotel Real Alcázar, tal como Bastián había dicho.
En el camino, le explicó todo a Úrsula. Lo que necesitaba era que ella fuera a recoger a Nora.
Ella, con los ojos enrojecidos, lo miraba con una mezcla de miedo y coraje.
—¿Tus papás nunca te han dicho que llorar no soluciona nada?
Nora, entre sollozos, intentó explicarse.
—Si Nora deja de llorar, ¿puedes dejar que Nora se vaya ya?
—No.
Nora apretó los labios, y las lágrimas seguían cayendo, una tras otra.
Bastián, al verla tan indefensa, sintió que algo se removía dentro de él. Tomó uno de los dulces y se lo ofreció.
—¿Quieres uno?
Nora lo miró.
Era una paleta.
No le interesaba.
Sin su mamá, ni mil dulces la iban a alegrar.
Nora seguía con el labio apretado, sin dejar de llorar.
Bastián levantó una ceja.
—¿Y si son dos?
—¿Tres?
—A ver, hagamos trato, ¡cinco!

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