Fue una ardua semana de trabajo para Casie, pero esto no hizo más
que revitalizarla y ponerla feliz, como solo podía lograrlo el saberse dueña de las riendas de su vida y no tener que rendirle cuentas a nadie.
Parecía absurdo considerar como logros el poder decidir qué tipo de
masas y tartas haría cada día, o las pequeñas innovaciones que haría en la presentación de estas o en la estética en las vitrinas. Pero para alguien que durante años había estado sometida las decisiones de otro, era liberador.
Esa misma semana la había pasado dando vueltas a dos ideas en su
cabeza. Las quería convertir en acciones, pero su talante tímido la frenaba. Las dos tenían como disparador la presencia de Kaleb Monahan en su local, como si hubiera sido el catalizador para que algo en ella se despertara.
Ese hombre regio y sensual había sacudido su domingo y provocado
las más locas reacciones en su cuerpo, durante y después de su visita. A los
nervios y la tensión que experimentó bajo su mirada inquisitiva y escrutadora, que parecía leer su alma, se había sumado que pareció aquilatar su cuerpo como un lobo frente a un conejo o algo así.
Sus rodillas temblaron y su centro pareció vibrar ante su mirada,
pulsando impiadoso. ¡Y su voz! Oh, señor, su voz. Intensa, profunda, rica en matices, la obligó a tragar grueso y se impuso para incitarla a actuar,
frenando frases o inmovilizándola.
Un hombre acostumbrado a mandar, a imponerse. Si la analogía servía, Casie se había sentido como la serpiente que esos hombres de la flauta hacían bailar a su son, tanto que vergonzosamente tartamudeó y habló de más.
Había sido menos de media hora, eso era todo lo que la presencia de
Kaleb Monahan había durado en su local, pero más que suficiente para que ese rostro seductor se filtrara en sus noches, en sus fantasías, sin importar cuánto esfuerzo hiciera ella para espantarlo.
<>, suspiró, mientras trozaba verduras para su
cena. Su cuerpo, del que había visto poco, pero le bastaba para saber que era perfecto, se insinuaba ante ella. Casie trató de racionalizar la fijación,
haciendo una lluvia de ideas sobre su agenda en la cual volvió a escribir sus
metas:
*Su vida tranquila e independiente, en un apartamento decorado a gusto.
*Música, libros, vino, bañera.
*Su local y su crecimiento.
*Amistades nuevas.
*Algún ligue, en cuánto lo anterior se cumpliera.
En este último objetivo a largo plazo no calificaban millonarios sensuales acostumbrados a lo mejor de la vida y que seguramente tenían mujeres para tomar y espantar.
<<Jaja. No califican no, tontita. Para calificar deberían postularse. Y
si por algún alineamiento de planetas o apertura de una puerta a un universo paralelo un hombre como Kaleb se interesara, tú deberías correr en el otro sentido>>.
Le había ido muy mal cuando creyó que casarse con el más sexy del
colegio era un sueño cumplido. Muy mal. Casie había escarmentado con
hombres así, esos con imagen de guapos impecables, como era su ex.
Aquel era un hombre elegante y seductor que había logrado
adormecer su espíritu, eliminando toda coquetería y deseos de exhibición en ella, alimentando una imagen insegura que había hecho estragos en su autoestima.
En cierta forma Kaleb Monahan se le parecía, aunque la masculinidad de este último era más cruda y exudaba un aura de sensualidad donde su ex
respiraba aparente liviandad y ternura. Esta era una trampa, carnada con la que atraía a incautas como ella. Que era más peligroso, no sabía. Aunque suponía que las máscaras, siempre las máscaras. No parecía que Kaleb Monahan las necesitara.
Aderezó su ensalada y se sirvió una copa de vino, dirigiéndose a su
pequeño living, donde tenía ya seleccionada la nueva serie que quería mirar, que era de pastelería: competencia de cupcakes. Se sumergió en el show y se permitió rellenar su copa dos o tres veces.
Al cabo de dos horas, estaba deliciosamente mareada y decidió que podía darse el lujo de dejar todo sin acomodar, para el otro día. Se dirigió a su cama y se tiró de paloma en el colchón de plaza y media. Rebotó y le gustó, por lo que probó tres veces la experiencia, deleitada como una niña.
Luego, se quitó el calzado y se tapó con el cobertor, encantada con el calor agradable, que la hizo dormitar.
Despertó confusa en medio de la noche y el desasosiego hizo presa de
ella. Esto la volvió a llevar a pensar en el hombre Monahan. Seguro que había estado soñando con él. Si es que parecía obsesionada, joder. Como si
conocerlo hubiera avivado sensaciones que el temor, el desamor y el menosprecio habían dormido.
¿Cómo se sentirían sus manos sobre su piel? Eran grandes, masculinas. Era un hombre fuerte y musculoso, muy alto. ¿Estaría todo en relación? Se lo veía proporcionado, pensó. <>.
¡Eso, eso era! La revelación la excitó. ¿Cómo no lo había pensado antes? No estaba preparada para el estrés y los nervios de las citas y el sexo casual. Pero un consolador podía funcionar y la mantendría en la independencia y el control.
Era una tonta redomada por no considerarlo antes. Parecía un artículo de primera necesidad y necesario en la mesita de noche de cualquier mujer soltera hoy. O casada, ¿por qué no? Ella no había pensado en algo así durante su matrimonio, claro, incluso a pesar de la falta de orgasmos que caracterizó
cada maldito intercambio sexual con su ex.
Si él hubiera encontrado un vibrador en su casa la habría golpeado sin
piedad. El miedo y el acoso posteriores, el deseo de recuperar la vida la habían atosigado y había postergado su satisfacción. Cuando todo parecía bien, aparecía Kaleb Monahan y echaba todo a perder, resopló fastidiada.
—Ahí va él y cae en mi tienda, espléndido y en el cenit de su
apostura, para arruinar mis noches y hacerme pensar en cosas que no debo.

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