Una mueca mordaz distendió su rostro en forma espontánea y se
recostó hacia atrás en su asiento, elevando las piernas para colocarla sobre el escritorio, mientras sus manos sostenían su nuca. Lo que leía le provocó diversión, aunque sospechó que no sería para nada la actitud de quién le había enviado los mensajes cuando se percatara del error que había cometido.
En la pantalla se desplegaban cuatro correos electrónicos escritos y
enviados por Kelly, la bella pastelera. Agradeció ser tan meticuloso en la
revisión de todas las carpetas de su Gmail, pues era lo que le había permitido encontrarlos en la de spam.
Durante varios días había esperado que se contactara, esperanzado en
que fuera la que iniciara el vínculo, pero se había propuesto ir por ella si no daba señales en una semana. Y para su beneplácito y satisfacción de su ego, se había producido y con profusión, lo que le confirmaba que, como había sospechado, ella era deliciosamente ingenua o no muy dotada en el tema electrónico.
Era por demás claro que tres de esos mensajes eran pruebas que había
realizado antes de enviar el correo final y esto arrojaba detalles más que
interesantes para él. Lo primero que distinguió fue su confusión a la hora de nombrarlo: empezando por un formal Estimado Señor Monahan, pasando a un íntimo Querido Kaleb, hasta encabezar acudiendo a un De mi mayor consideración que lo hizo reír. <>, susurró.
Ella había dedicado tiempo y ensayo a comunicarse, lo que le demostró persistencia e inteligencia. Era tímida, eso sobresalía, pero tenía el deseo profundo de lograr sus metas y esto le serviría muy bien a él, pues le
daría el tiempo necesario para conocerla mejor y explorar lo que creía podía ser un vínculo de lo mejor.
<>, pensó.
y la posibilidad le volvió la masculinidad dura y lo excitó como hacía días no se sentía. Ridículo, pero real.
El cuerpo de los mensajes no era menos pintoresco y le siguió
demostrando lo incómoda que ella se sentía al no saber si tutearlo o no. En
uno de los mensajes incluso dejaba entrever la lucha interna que se había
sostenido hasta decidir contactarlo, aunque mencionaba la firme intención de hacer crecer su negocio.
Firmaba Casandra, y eso lo desconcertó, aunque supuso que sería su segundo nombre. Mas lo que hizo detonar sus neuronas y lo convenció de la certeza e inevitabilidad de que sus caminos colisionaran fue que ella le planteaba claramente que no estaba dispuesta a aceptar que no le cobrara nada y le solicitaba reunirse para charlar formas de devolver el servicio.
<<Ay, linda gatita, conozco una forma maravillosa en la que podrías pagarme con creces y en cómodas sesiones la campaña de marketing que diseñaré para ti>>, sonrió, meneando la cabeza al percatarse de que ella le provocaba hablar solo.
La quería sobre sus rodillas, recibiendo los azotes de su mano en sus glúteos desnudos, por empezar, aunque eso no era algo que le fuera a decir en el comienzo de su relación. Lo suyo no sería chantaje o presión, no era un total bastardo y estaba dispuesto a ayudarla de todas formas. Le gustaban las personas con objetivos, que tenían sueños y expectativas a las que podía potenciar.
Pero la atracción innegable que ella había ejercido sobre él y el hecho
de que estaba convencido de que era una sumisa daban alas a su potente
imaginación y acuciaban a su lado dominante. Quería conocerla, ayudarla, seducirla, entrenarla y sexo obviamente. No saltearía ni uno solo de estos pasos, su sumisión requería que confiara en él para aceptar conscientemente su rol junto a él.
A diferencia de muchos hombres o mujeres de poder que eran evidentes alfas en los negocios, pero a los que les gustaba resignar poder en la intimidad, Kaleb vivía para dominar. Le gustaba estar en control también
en su vida personal e íntima y por eso disfrutaba de las sesiones y de las
infinitas posibilidades del BDSM.

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