—Tal vez te conviene recostarte. O ir al club, con tus amigas a pasar el rato—le sugirió, sin sonreír, con tono duro, aunque bajo.—. Si no puedes disfrutar de tu nieta y tus hijos y tomar esta como una oportunidad para reconectar con tu familia, lo mejor es que no estés en el medio.
—No puedes culparme. Me obligaron a aceptar algo que no quiero.
—Puedo y lo hago—la dejó sin más, como de habitual fastidiado por su corazón helado.
Sus pasos lo llevaron a la cocina, donde la buena de Beatrice miraba
el despliegue de personal contratado en su cocina, su reino, con ojos
entrecerrados y ceño fruncido. La tomó por los hombros y le dio un beso.
—¡Mi niño más bonito!
La frase lo hizo sonreír.
—¡La misma treta de siempre, viejita! ¿Crees que no sé qué le dices
lo mismo a los otros?
—No, pero sí sé que lo necesitas más que ellos—sonrió, su rostro
distendido en comprensión—. ¿Has visto qué bonita está mi pequeñita
Brooke?
—Hermosa. Una pena que Milo la cele como si fuera un mastín. Más
intenso que nunca—se quejó.
—Mi niño más grande está absolutamente prendado de sus mujeres y es natural que así sea. Lo mismo pasa con el pequeño Aidan, que no deja a Sharon ni a sol ni a sombra. Saben lo que tienen y lo aprecian. Bien por ellos.
—No puedo evitar la carcajada cada vez que hablas así de Aidan, Bea.
Mide un metro noventa, por favor.
—Lo sé, más ninguno de ustedes ha dejado de ser pequeño para mí.
Mira qué feliz está—señaló a la pareja que se apreciaba por los ventanales,
paseando y riendo—. ¿Cuándo te veremos a ti así de enamorado?
—Nunca—sostuvo con convencimiento— Ese tipo de amor no es para mí.
—¿Cuántas veces te he dicho qué no se debe tentar al destino con esas
lapidarias expresiones?—lo reprendió.
—¡Vamos, viejita! ¿Dónde encontraría una mujer que soportara lo
que soy en esencia? No es que haya muchas como mis cuñadas. Soy un
combo poco apetecible para una mujer como ellas, sensibles, naturales, queribles y dignas de adoración. Soy…
—Un hombre íntegro y querible detrás de toda esa pared de cinismo
que levantas, te conozco muy bien—ella se acercó y le puso una mano en el pecho—. No tengas miedo, nunca jamás serás como tu padre.
Kaleb movió la cabeza con nerviosismo y asintió. Ella conocía a
fondo sus pesadillas y el temor que lo asediaba, incluso más que a sus
hermanos.
—¿A quién podría entregar fidelidad si soy como el colibrí, que ve la
belleza en todas las flores y no puede evitar libarlas?
—No ha llegado tu momento ni la persona que te va a sacudir el piso
y te va a despojar de esa corteza dura que te envuelve. Ya llegará, ya llegará
—sentenció, dejándolo para ir a reprender a uno de los asistentes.

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