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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 183

La que tenía adelante era la mujer más intrigante que Kaleb hubiera

visto en mucho tiempo. Esos ojos como avellanas, con matices verdosos y amarillentos que parpadeaban sin cesar eran los más hermosos que hubiera contemplado.

<>, pensó sin perder de vista un detalle de su anatomía y de su accionar, fascinado. No había artificios visibles en ella. Seguro medía casi medio metro menos que él; era una pequeña

belleza de actividad febril, con el cabello alborotado escapando de un moño flojo y rastros de harina en su rostro que, a pesar o gracias a eso, no podía menos que catalogarse como adorable.

No era ese un adjetivo que utilizara normalmente para definir a una

mujer, pero fue el que instintivamente su mente dedicó a la encantadora pastelera que lo miraba con confusión no exenta de admiración. Esto lo consideró sin vanidad, atendiendo como hombre detallista a la evidencia de su nerviosismo y la manera en que sus ojos volvían sobre él una y otra vez.

Desplegó su sonrisa, divertido. No era inusual que las mujeres se sintieran atraídas por él. Una posición de poder que era heredada y reposaba sobre una fortuna familiar importante, ropa de exquisita confección, rasgos físicos interesantes, también heredados y potenciados con ejercicios constantes, y una seguridad excepcional en la postura que emanaba de una autoestima alta eran el combo

que convertía a Kaleb Monahan en un magneto para muchas mujeres.

Condiciones que él aprovechaba sin pudor al momento de los ligues y

el sexo, todos ocasionales y no destinados a durar. Él sabía bien lo efímero que eran los vínculos basados o nacidos de un atractivo meramente externo.

Había dos condiciones no visibles de inmediato que también lo distinguían: una inteligencia clara y las cicatrices emocionales de una crianza sin amor por parte de progenitores que eran cáscaras vacías y vivían para el

exterior.

Eso volvía esta interacción altamente satisfactoria, por lo fresca. Sharon le había hablado en varias ocasiones de esta pastelera, ensalzando una y otra vez sus dulces, y él coincidía en que su mercadería era de alto nivel. La había probado cada vez que sus cuñadas hacían cónclave en casa de Milo y este lo llamaba para pasar el rato.

No había sentido curiosidad por conocer a la mujer; en realidad, la

había imaginado como una señora de blanco, horneando sin cesar. Se había

equivocado, eso era evidente. Decidió que la tarea que Sharon le había

adjudicado era un anuncio y una oportunidad. Se obligó a quitar su mirada de ella para permitirle respirar y dio una mirada apreciativa al lugar.

Era pequeño, pero pudo advertir rasgos inteligentes en la decoración y

en la disposición, que generaban un sitio íntimo, familiar, de disfrute. Era

simple; una cocina con lo indispensable, un mostrador con varias vitrinas y un espacio con mesas para quienes deseaban degustar en el sitio. Lo atractivo estaba en la mercadería, en la forma de exponerla, en los paquetes primorosos que ella nerviosamente le fue acercando, cuyo embalaje mostraba una estética particular. Parecía que se esmeraba en generar un sello que la distinguiera y eso era uno de los principios del marketing, su especialidad, por lo que no evitó el gesto de aprecio.

Los colores de las paredes contrastaban con las frases que estaban escritas en negro. Tres le llamaron la atención y Kaleb elevó una ceja, preguntándose si estos eran para sus clientes o para ella misma.

No hay indignidad en los sueños. Lo indignante es resignarse a no

soñar.

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