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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 181

Casie, alias Kelly, sabía que iba a ser un día ocupado desde que se

levantó, hacía de eso ya tres horas. En pie en la madrugada de un domingo,

manos y cabeza ocupadas en la cocina de su tienda de delicatessen, en

procura de alistar el pedido que le había sido encomendado con la debida anticipación, pero que los sucesivos inconvenientes con el personal y las máquinas le habían impedido cumplimentar como hubiese querido.

Sujeta a estructuras como era ella, culminar una tarea en la verja de

que esta le fuera demandada le generaba pesadillas y dolores de cabeza en la consideración de todo lo que podía ir mal. Todo lo que la haría fallar. La sensación de fracaso de habitual afectaba su sueño, pero se las

arreglaba para lidiar con ella. Suponía que era el reto que cualquier emprendimiento. En su caso se multiplicaba por su personalidad

perfeccionista y porque había invertido en esta tienda lo poco que había logrado ahorrar durante los crudos años de su matrimonio, además de sus expectativas y tiempo.

Mas había variables que no se podían manejar, entre ellos la desidia y

la falta de compromiso de quienes podía contratar, personal no especializado.

Demonios, no es que hubiera que tener un título en Economía para atender a la clientela con un poco de gusto y amabilidad, o que colocar brownies en una caja o exhibidor fuera tarea de riesgo. En más de una ocasión sus dependientes habían tensado su proverbial don de gentes y amabilidad, casi forzándola a gritar y despedirlos. Casi.

Los toleraba porque era débil y se compadecía de sus historias, que era probable forzaran un tanto al ver su falta de autoridad. No podía hacer mucho con esto, el conflicto o la confrontación le quitaban energía.

¿Qué decir de las máquinas, de segunda mano y que, como era de esperar, cada tanto daban problemas? La última semana esa había sido la

constante, lo que había retrasado la ejecución del gran pedido que hoy la

forzaba a trabajar con denuedo. Un domingo, cuando todos descansaban.

Suspiró y secó sus manos luego de dejar todas las herramientas

meticulosamente limpias y ordenadas, esperando que la última horneada de confituras estuviera lista para comenzar a trabajar en su cobertura.

No había podido negarse a la solicitud de una de sus clientas

favoritas, Sharon, a pesar de que sabía que debería forzar tiempos para alistar los productos sin dejar vacíos sus exhibidores y freezers.

La fiesta para las que la simpática enfermera las quería sería pequeña,

pero también lo era su pastelería. Y ella era la única que elaboraba. Se negaba a desprenderse de una parte del proceso porque necesitaba que su marca estuviera en cada dulce, cupcake, brownie, tartaleta.

No tenía el dinero como para pagarle a alguien que pudiera realizar la

tarea con el mismo empeño, amor y cuidado que ella. Sharon se había convertido en una habitué de los viernes, siempre con su charla amable e interesada. De habitual alentándola y mandándole clientes, que a su vez traían otros.

Se había alegrado infinito cuando la madre de la joven, otra mujer

encantadora y de charla fácil y agradable, le había dado la noticia de que tenía un novio deportista y millonario y se había mudado con él al Este. Eso le hizo entender que la tristeza que había percibido en aquella, que ella atribuyó de inmediato a mal de amores, se había difuminado, Que todo se resolvió exitosamente fue evidente para Casie la última vez que la vio, cuando Sharon había pasado por el local y había traído consigo a un hombre espectacular, de esos que suelen verse en anuncios de perfumes o ropa cara o en las revistas de deportistas de élite.

Se leía el cariño y el amor que se tenían en sus ojos y en sus manos entrelazadas y habían llevado una buena porción de dulces para el viaje.

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