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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 180

KALEB

UNO.

Cuero. Cadenas. Esposas. Sonidos estridentes de música, palmadas y

chasquidos llenan el aire. Gemidos, jadeos, ojos lujuriosos y lenguas que

humedecen labios excitados, exposición de cuerpos desnudos o en atuendos mínimos; sexo en sus infinitas variantes.

El club vibra con luces y sonidos y las escenas que se desarrollan en

los distintos espacios son un poderoso afrodisíaco. Jaulas, tarimas y rincones

destacan con distintos shows y escenas tan decadentes como eróticas.

Kaleb observa con atención, posando su mirada en cada sitio,

recostado contra uno de los mostradores, mientras sorbe su whisky con calma. Hacia el sitio que mire puede distinguir castigos consentidos, parejas follando con juguetes variados, dominantes y sumisas disfrutando del juego y la sexualidad sin tabúes.

El Club Belt, al que solo se accede por invitación especial, es uno de

los mejores de Los Ángeles y de la Costa Oeste en general. Un refugio para los amantes del bondage y la sumisión sexual, un lugar donde las fantasías pueden hacerse realidad.

Un sitio que él disfrutaba de manera especial, o solía hacerlo, al

menos. Había ido perdiendo el entusiasmo en el último tiempo. Encontraba que el intenso interés que lo había atado a este club durante más de cuatro años se diluía.

Era un habitué y, hasta hacía por lo menos cuatro meses, uno de los

Amos predilectos por hermosas mujeres que elegían entregarle su sumisión por unas horas para someterse a la dulce tortura del BDSM.

Había sido invitado a participar en algunas de las sesiones privadas que los miembros de mayor jerarquía solían ofrecer en sus mansiones, lo que se consideraba un honor. Mas algo lo había detenido cada vez.

Este lugar era diversión, sitio de relax en el cual canalizaba su forma

de entender el sexo. Libre, irrestricta, sin atarse a las normas habituales del

coqueteo, sin la agotadora pérdida de tiempo de las citas.

Quienes acudían aquí y se sometían a las reglas tenían muy claro lo

que querían y cómo lo querían. Él lo disfrutaba en cápsulas, podría decirse. No le interesaba vivir en el estilo todo el tiempo.

Sus viernes y sábados habían estado religiosamente reservados al

placer que obtenía aquí, y creyó que así sería por mucho, mucho tiempo. Una vez que él encontraba un refugio y un desagote para sus necesidades, no lo abandonaba, y este club lo era. O al menos eso era lo que había pensado hasta hacía un tiempo.

Desde temprana edad había entendido que el sexo era una necesidad más de los hombres, que podía y debía ser satisfecha sin pudores. Alcanzar el

éxtasis y la satisfacción era más plausible para él cuando lo tradicional se complementaba con técnicas y elementos que elevaban el placer, combinándolo incluso con dolor controlado y graduado.

Dentro de las reglas y el consenso entre hombres y mujeres libres y

deseosos, todo era posible y aceptable. Kaleb no era un hombre de relaciones

formales e incluso sus ligues no solían superar los dos o tres encuentros. Esto

en el caso de que la candidata en cuestión fuera excepcionalmente dotada.

Detestaba las presiones que emanaban de los encuentros reglados y las formales citas en las que normalmente había demasiadas expectativas por parte de las mujeres. No tenía otra aspiración más que follar, no estaba dentro

de sus planes de vida el permanecer junto a una.

Su experiencia le mostraba que las relaciones degeneraban

rápidamente cuando se mezclaban deseos a largo plazo e intereses que superaban lo sexual. Y esto era muy común cuando el interesado, o sea él, pertenecía a una familia millonaria y de prestigio, de la cual se podían colgar muchos para cumplir aspiraciones de ascenso social o de vivir a lo grande. Le había pasado más de una vez y era la tónica en los círculos en los que se movía.

Tenía por evidente que su cínica forma de encarar a las mujeres,

además de los ambientes en los que las buscaba, hacían imposible el

encuentro de esa que Violet, su hermana, solía llamar la media naranja, con romántico estoicismo.

Hasta no hacía mucho había creído que esas majaderías y tramas de

telenovelas que vendían la falsa imagen del felices para siempre eran

producto de mentes calenturientas.

No obstante, las historias de Milo y Aidan lo habían ido convenciendo de que esos raros unicornios, las parejas locamente enamoradas y felices, existían.

Había mujeres naturales y encantadoras que querían a sus amantes y los hacían felices sin vueltas, sin exprimir sus tarjetas o contratar decenas de personas para atender sus necesidades egoístas y tontas.

Regina y Sharon le habían mostrado que había generalizado al poner

a todas las mujeres en la misma bolsa. Su cinismo y moverse en la misma

burbuja podían hacerle eso a un hombre, vamos. Esa era la primaria explicación que su mente daba a la sensación de vacío y desasosiego que lo rodeaba los fines de semana y que le impedía disfrutar del club y sus placeres como era habitual.

No es que estuviera demasiado convencido de que él pudiera

encontrar una mujer con similares características a las de sus cuñadas, pues estas eran únicas y complementaban a sus hermanos de forma extraordinaria.

Eran amigas y esto tenía que ver. Compartían la forma de ver el mundo, lo que aspiraban, lo que deseaban. Se habían retroalimentado por

años y eso las había convertido en un combo de impacto.

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