—Sé lo que ocurrió. Sé que tuviste que tolerar los insultos de Melody y de mi madre. Me avergüenza que mi sangre te haya humillado. No puedo pedirte disculpas suficientes. Quiero que sepas que nada de lo que dijo representa lo que siento por ti.
—Me causó dolor, lo reconozco—dijo en tono bajo— Sin embargo, fue un elemento más en mi decisión.
—Lo sé—le tomó la mano. Se veía contrito y nervioso—Sé que hiciste lo que creíste correcto para no salir herida. Confieso que me enloqueció perderte.
—Yo…—Tenia que frenarlo, tenía que impedirse caer en su embrujo, no podía.
—No, Regina, deja que hable. No voy a intentar convencerte de que vuelvas a ser mi amante. Esto que siento transciende mi inicial deseo. Podría habértelo dicho antes, meses atrás—pareció enredarse demasiado— Pero estabas tan triste, tan hundida.
—Estuve muy triste—dijo ella, con lágrimas en los ojos. La coraza se resquebrajaba, a su pesar. Dos gotas fluyeron y él enjugó ambas con sus pulgares, para tomar su nuca y llevarla contra su pecho— Estaba perdida.
—Lo sé, cariño. Pero mírate ahora, recuperada, fuerte, feliz.
—Me siento esperanzada. Mi tía querría que siguiera. Mi hermana está más fuerte también. Tengo esto…—señaló el despliegue que estaba siendo recogido.
—Esto es grande y el éxito está descontado—asintió él, separando su cara de su pecho y haciendo que lo mirara— Es tiempo de hablar de nosotros.
—Milo… No hay nosotros.
—Quiero todo contigo—alzó él la voz.
—Lo nuestro es imposible. Tú mismo lo dijiste, no es lo que quieres.
Ella trató de racionalizar la situación. Entre sus deseos de tenerlo otra vez y la confusión que él parecía tener, las cosas podían ir por terreno escabroso y ella caería, sin remedio. No podía sucumbir otra vez, dolería demasiado.
—No entiendes, Regina.
—Mira…—el dedo de él se posó en sus labios y la instó a callar.
—Me equivoqué, me equivoqué—envolvió sus pómulos, con cuidado —. No me arrepiento de haber iniciado esta relación contigo, para nada. Al comienzo fue un trato algo sórdido e injusto para ti, que nació de mi deseo crudo y puro. Fuiste un flechazo en mi vida. Pero eso me permitió conocerte. No te voy a negar que me atrajo tu cuerpo, que te deseo de una manera poderosa. Pero no te quiero solo en mi cama. Y no importa lo que pienses o lo que te han dicho. Eres suficiente para mí. Eres mucho más de lo que merezco. Eres la mujer más entera, más bella y más auténtica.
Regina estaba muda, extasiada ante el fervoroso discurso que él había lanzado sin parar, casi sin respirar, como si lo hubiera contenido y ya no pudiera más. Como si de verdad necesitara que ella lo supiera. La miraba de una forma tan nueva, tan despojada de nada que no fuera honestidad que tembló.
No podía creer que él, poderoso y orgulloso, hermoso Milo Monahan, se hiciera presente en un evento público y se expusiera de manera tan cruda a ella. No podía creer que él estuviera diciendo que quería algo más que sexo con ella.
Que la quería. ¿Eso era lo que decía?
—Sí, eso es lo que digo. Lo gritaré si es necesario—parece que había hablado en voz alta y él lo confirmaba.
Su corazón temblaba y palpitaba. Esta noche, de por si maravillosa, se estaba transformando en sublime. Entonces, fueron interrumpidos por voces spresuradas y las luces de una cámara que se encendió frente a ambos, tomándolos por sorpresa. Parpadearon y se acomodaron para contestar el impertinente interrogatorio que una mujer, evidentemente periodista, les lanzó.

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