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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 171

MILO

Sentía el peso del mundo sobre sus hombros. Habían pasado tres meses, tres largos y solitarios meses desde la última vez que había visto a Regina, del último momento en que la había besado y le había hecho suya, en que habían compartido la más dulce y apasionada intimidad. Jamás imaginó, al abandonar el lecho de su departamento aquel lunes a hora muy temprana, luego de besar sus suaves labios, que sería la última vez.

El desconcierto regía su vida desde entonces, volviendo miserable lo que había sido hasta hacía bien poco su normalidad. La ruptura había sido inesperada y se había precipitado sobre él con la velocidad de una tormenta de verano, pero lo había sumido en la oscuridad. Esa era su sensación, pura y cruda. Como si todo fuera un antes y un después de Regina.

Recibir el frio mensaje de abandono lo había sorprendido. Sin ninguna advertencia, sin ningún desencadenante, sin nada que hiciera prever el desenlace. Al desconcierto y perplejidad había seguido la rabia. ¿Cómo se atrevía a dejarlo? ¿No era capaz de ver cómo se complementaban? ¿Todo lo que él había cambiado por ella? Luego, la ironía de la situación se había hecho obvia. Lo que Regina había hecho era lo que él pretendía hacer en algún momento más adelante, algo que había venido posponiendo porque le dolía pensar en un adiós. ¿Por qué le impactaba tanto? Sí, su orgullo estaba herido, pero no pasó mucho hasta que fue entendiendo que lo que sentía iba más allá de un sentimiento de vanidad.

Comenzó por extrañarla físicamente, empero, pronto la cruda realidad se evidenció: le partía en dos no tenerla, toda ella. Sus risas, su charla, cenar y mirar TV, la intimidad, compartir. No guardó su reacción, no se comió sus sentimientos, pues no paró de enviar mensajes y detalles que la trajeran de vuelta. La necesitaba. Quería recuperarla. Solo luego de una semana pudo entender, pasada su tormenta interna, lo que el mensaje de adiós significaba. Ella terminaba todo porque había empezado a sentir algo por él. Involucró sus sentimientos. Esos que él, como el auténtico bastardo manipulador que era, le había dicho que no podían entrar en juego. Esos que él mismo había sido el primero en incorporar, rompiendo, sin intenciones y sin demostrarlo, lo que había sido la esencia del trato inicial. <>, se dijo entonces. No se podía estar más comprometido.

Esta convicción le asustó. No estaba acostumbrado a manejar estos sentimientos. Y si se equivocaba. ¿Si lo que sentía en verdad era abstinencia de ella? Su química era tan buena, tan vibrante, que era posible. No podía ceder a la tentación de ir por ella y confesar algo de lo que no estaba seguro, que suponía. El tiempo decantaría las cosas, decidió.

Cuando algunos domingos después de lo ocurrido su ánimo se encontraba peor de lo previsto y nada parecía mejorar, su madre le dio a entender que estaba preocupada por él. La escuchó sin mover un músculo y no emitió palabra.

—Has cambiado mucho. Te has vuelto débil. Si tu padre estuviera aquí…

—Madre…—quiso cortar Kaleb.

Sus hermanos pretendieron frenar el discurso, pero fue inútil.

—Si mi padre estaría aquí, tú no podrías vivir con libertad, derrochando dinero en idioteces y maquinando para que tus hijos se casen con quienes tu club de bridge considere candidatas—interrumpió Milo, con frialdad.

—No te permito. Te he criado…

—Permíteme discrepar ahí—se involucró Jace—. Beatrice nos crio.

—Coincido—dijo Milo—. Ya que estamos en esto, en confesiones, te diré fuerte y claro que no tengo intenciones de comprometerme, casarme o siquiera estar cerca de Melody.

—¿Esto tiene que ver con esa mujerzuela con la que te revuelcas en tu apartamento? De verdad, Milo—los ojos de su madre se desmesuraron, mostrando su furor.

Milo la miró con ira:

—Lo que haga de mi vida es asunto mío.

—Eres la cabeza de la familia Monahan. Lo que hagas nos impacta.

—No veo que nos haya impactado mucho. De ser así, la vida amorosa de papá nos hubiera sumido en el infierno—sentenció Kaleb, ganándose la furibunda mirada de su madre.

—Puedes elegir mejor, hijo. Es terrible la falta de clase y aspecto de esa mujer.

—No hables de ella.

—Mira, ya comencé el tema y pienso seguir. Tienes a una mujer exquisita dispuesta a comprometerse contigo. Melody es todo lo que un hombre querría para sí.

—No me interesa.

—¿Y si lo hace esa desarreglada, obesa y aprovechada? Melody me habló de ella.

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