REGINA
Salió del sitio con rapidez, procurando compensar el tiempo perdido. Había pasado la noche entera en el apartamento de Milo y se había dormido esa mañana. Él se había ido temprano y le había dicho que podía quedarse tanto como quisiera, lo que agradeció. Pero había dormitado y se retrasaba para el trabajo. Cerró los ojos y un estremecimiento le trajo el recuerdo de la pasada noche, otra más en la que habían compartido esos instantes abrumadores e íntimos que se acumulaban.
El episodio con Melody la pasada semana no había roto la magia: la forma en la que él había revertido sus palabras, como la había acariciado y besado, con fuego y pasión, la habían convencido de que podía funcionar. Claro que era riesgoso, estaba comprometiéndose en cuerpo y alma en algo que se volvía cada vez más incierto. Suponía que él tenía algunos sentimientos hacia ella; tenía claro que no era solo sexo lo que vivían, pero no le había expresado nada. Y Regina había decidido que prefería el riesgo, lo había considerado:
Escapar de él por miedo a sufrir no tenía sentido. Estaba hasta las manos por ese hombre; el dolor que sentía cuando no estaba con él, la forma en que lo extrañaba, hacía que corriera cada vez que la llamaba. Ya en el estacionamiento, a diez metros del vehículo, la figura de las dos mujeres la hizo detener en seco. Una de ellas era Melody, perfectamente vestida, como si fuera asistir a una fiesta a primera hora de la mañana. A su lado y no menos compuesta, una mujer de una elegancia innata, aunque mayor, la miraba con frialdad, midiéndola con una mirada que Regina no pudo clasificar sino como intimidante. Melody se adelantó, pero fue la mujer mayor la que habló:
—Tenemos que hablar.
—No sé qué…— Regina murmuró nerviosa.
La voz de Melody, chillona, la sobresaltó:
—Milo, querida, Milo pasa. ¿Crees que vamos a permitir que lo sigas enredando?
—Te confundes…
—Deja el teatro, sabemos perfectamente quién eres. La puta que mantiene y que parece creer que puede obtener algo de él, además de sexo.
—Melody— la voz de la mujer sonó dictatorial y llevaba implícita una reprimenda.
—Disculpa mi lenguaje, querida—Melody la miró y ensayó una disculpa, pero luego volvió su mirada enojada a Regina —. Este tipo de mujeres solo entiende cuando alguien es directo.
—No sé qué es lo que quiere ni tampoco…—dijo Regina.
—Soy la madre de Milo—cortó la otra—. Tengo entendido que, de algún modo, él se ha enredado contigo. No sé qué clase de artimañas has usado, mas te puedo asegurar que no permitiré que te sigas beneficiando de su gentileza. Ni siquiera puedo entender que ve en ella—miró a Melody con extrañeza y luego su desprecio se volcó en Regina.
—Ni siquiera una pista—Melody pareció estremecerse.
—Tan falta de clase, evidentemente sobrealimentada.
Regina se sintió tan herida; hablaban como si no estuviera, como si fuera un elemento de estudio. No podía emitir sonido, conteniendo la respiración, su pulso acelerado parecía enviar sangre por su cuerpo a velocidad exagerada. Las miradas, la actitud, el desprecio era tal que deseó que un agujero negro la tragara.
—¿Cuánto quieres por dejar a mi hijo en paz? —la mujer mayor había sacado una chequera y, bolígrafo en mano, la miraba.
Regina sacudió su cabeza, sin poder creerlo.
—Vamos una cifra. Las de tus clases solo entienden ceros.
—No te excedas. No lo vales—sentenció Melody.
Regina levantó su cabeza con toda la dignidad que pudo y se aclaró la garganta. Estas dos podían ser el ejemplo más claro de elegancia, sofisticación y dinero, podían tener el glamour del mundo, pero no pisotearían su dignidad.
—No las escucharé más. No tengo nada que decirles, salvo que me dan pena. Usted—se dirigió a la mujer mayor—, no tiene siquiera una idea de lo maravilloso que es su hijo. Con todo el poder que tiene, jamás ha actuado de la forma tan baja que usted lo ha hecho.
—Mi hijo es un tonto sentimental—hizo un mohín despectivo—. Es mi deber sacarle de encima a las arribistas escaladoras que creen en mejorar su estatus a través del sexo.
—Se equivoca, pero no importa. No me conoce.
—Ni siquiera me interesa.
—Estamos iguales. No se preocupe. Su hijo está seguro conmigo,tenemos nuestros asuntos muy claros.
Sin más y a pesar del temblor de sus piernas, se obligó a caminar y las rodeó, pasando también de largo al vehículo que la esperaba, dejando detrás al chofer, que la miró desconcertado. Regina nunca había necesitado tanto respirar aire puro. Esas dos…No la conocían, no sabían cómo era y tenían la peor imagen de ella. No tenía que importarle, pero eran parte del círculo de Milo. Uno que jamás la aceptaría. No es que él siquiera se hubiera planteado introducirla en él. De todas maneras, venían a ella, para expulsarla, para hacerle ver que era inadecuada. Era una ilusa si creía que él en algún momento querría algo más que sexo.
Su afán por tener algo de él, por compartir horas, había dejado que el fantástico sexo compartido la engañara, haciéndola pensar que le pertenecía. Era una falacia y de nuevo se lo recordaban. Como esa manecilla que golpea la puerta, cada tanto, le decían que despertara de su fantasía. Ella era nadie. Él pronto la dejaría atrás. Y se llevaría su corazón con él. O mejor, lo dejaría quebrado, devastado, en pedazos.
Tenía que ser fuerte y romper el hechizo, decidió, caminando sin parar y dando vueltas a las ideas sin parar. Era preferible un desengaño a tiempo que el rechazo y la patada cuando él se cansara de ella. No podría soportarlo, no podría soportar su indiferencia y el abandono. Limpió sus lágrimas, sentada en un banco. Se sentía cansada, sin esperanzas. Ni siquiera tenía ganas de trabajar. Ya se había hecho tarde, de todas formas. Sus pensamientos atormentados la habían hecho caminar por dos horas. Necesitaba descansar, desconectar. Se lo merecía. Merecía estar en su casa y con su familia, protegida. En el refugio que era su espacio. Sacó su móvil y envió un mensaje a Bratt, y luego tomó el transporte para ir a su casa. Ignoró sistemáticamente los mensajes de su jefe despotricando y amenazando con despedirla. Que lo hiciera. No podía soportarlo más.
Apenas llegó se dirigió a su habitación, pasando rápido frente a Tina y su tía, diciendo que se sentía cansada y probablemente estaba por engriparse. Era imposible que no notaran sus ojos rojos e hinchados, pero nada dijeron.
En su habitación, finalmente, lloró en silencio, ahogando sus sollozos con la almohada. Comenzó lento, pero pronto se volvió una catarata. Dolía mucho querer sin ser correspondido. Dolía entregarse queriendo dar todo sabiendo que el otro devolvía una parte. Dolía ser poca cosa y no encajar. Dolía tener que tomar una decisión tan difícil cuando todo le gritaba que no lo hiciera, que no arrancara de su vida lo único que le daba calor y la completaba. El golpe en la puerta y la voz preguntando si estaba bien la hicieron reaccionar. Sus seres queridos no merecían que ella se desmoronara.
—Estoy agotada—contestó.
—Sé que hay algo más—su hermana entró y se sentó a su lado, acariciando su mano.
Se mantuvo en silencio unos minutos.
—He estado saliendo con alguien.
—Lo sé, es obvio. Tu ánimo cambió, pasas noches afuera, el fin de semana en la playa. Esa persona te hizo muy bien. Pero eso parece haber cambiado.
—No me ha hecho mal. Él no cambió. Pero me he concientizado de que soñé demasiado alto. Y la caída es dolorosa.

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