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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 167

REGINA

Se tapó la cabeza, con vergüenza sintiendo que sus piernas temblaban sin fuerzas. Había sido tan intenso, tan crudo, tan abiertamente se había expuesto ante él que temió que él pensara lo peor.

—No te cubras, no te ocultes de mí. Este ha sido el sexo más hermoso de toda mi vida—le dijo, quitando la sábana de su rostro con firmeza, mientras le tomaba ambas mejillas y la besaba con suavidad—. Me fascina tu belleza y tu entrega. Dulce Regina—se incorporó y ella casi llora de felicidad al notar su mirada reconfortante, sincera-. Cuando te recuperes, puedes prepararte para ir a la playa. Vamos a aprovechar las últimas horas de sol.

Asintió, mordiéndose los labios. Le vio irse y se acostó sobre un lado, todavía débil y conmovida. Luego de algunos minutos se decidió y se preparó, higienizándose para colocarse su traje de baño y un vestido camisero abierto de gasa. Él la esperaba escaleras abajo y le tomó la mano, para llevarla fuera. Sentir la arena bajos sus pies descalzos, tibia y húmeda, fue un placer reconfortante.

—Es un lugar maravilloso—sonrió, mirando en derredor.

—Lo es—dijo él.

Con su bañador como única pieza de ropa él lucía espectacular y por arecía más joven. Musculoso, bronceado, con todo su cuerpo tonificado y su perfil recostado en el horizonte, era un perfecto Dios o un Adonis. Lo que estuviera mejor, decidió ella. Su belleza masculina imponía. Regina se sintió tímida al exponer sus atributos y sus curvas a plena luz. Cuando había empacado deseó haber tenido un bañador enterizo, pero en verdad las pocas veces que había ido a la playa en los últimos años había sido para disfrutar del sol en todo su cuerpo, en especial en su estómago y espalda. Las dos piezas habían sido buenas entonces. Ahora, frente a ese hombre de porte perfecto, su escueto triángulo cubriendo su zona baja era bastante revelador. Lo mismo ocurría con el torso, pero de esa parte de su cuerpo se sentía un tanto más orgullosa. No hubo, empero, más que miradas de deseo y frases agradables de parte de Milo, que no dejó de comerla con los ojos. Eso se sintió bien y entibió su autoestima, haciendo que se relajara y disfrutara.

Alternaron entre caminata y baño y se divirtieron, casi en plan de amigos. O como si fueran novios, metidos en la charla intrascendente o en aspectos más hondos. Sentirse a gusto y en confianza los llevó a descubrirse y a bajar barreras. Milo le inquirió sobre sus relaciones amorosas y ella le desgranó sus decepciones, en especial de la última, sin rencor o tristeza. Le habló de todo lo que quería para su hermana Tina, de sus miedos por su tía, de sus esperanzas laborales, de sus problemas constantes con Bratt, de su amistad con Sharon, a la que describió como su loca amiga plena de recursos buena voluntad y dispuesto hacer todo para que ella estuviera bien.

Milo se abrió para describir a su familia, mostrando con sus frases a cada uno de sus cuatro hermanos, describiéndolos con anécdotas y citando como Beatrice les había incentivado y ayudado a crecer y estar unidos. El día pasó entre paseos, baños, conversaciones. Cuando llegó la noche y las estrellas coparon la oscuridad del cielo nocturno, la charla continuó entre comida y bebida. Regina no recordaba haber estado tan en paz y feliz, sintiendo que podía ser ella, dejándose llevar. Y cuando la hora de la cama arribó, nuevamente se vio inmersa en el deseo y la novedad Milo parecía decidido a hacerle conocer todo lo que lo hacía disfrutar.

Cuando le mostró las esposas la hizo temblar. Había leído sobre el bondage, pero jamás había pensado experimentar la sensación de estar atada al dosel de la cama mientras su amante tomaba y disfrutaba de cada centímetro de su piel. La sensación de inmovilidad, de estar constreñida, no hizo sino aumentar el placer. Esa noche él le arrancó la mayor cantidad de orgasmos que recordaba. En verdad, si juntaba las veces que este hombre la había hecho correr, superaban ampliamente toda su experiencia amorosa.

Lo que hablaba mal de estas, por lo que Regina prefería pensar que esto daba cuenta de la pasión y el deseo que Milo despertaba en ella. Nunca había sentido algo tan intenso por otro hombre. Si tuviera que elegir lo que más le gustaba de estar con él, a pesar de lo difícil que sería, pues todo era una gozada, serían su actitud dulce con ella, la certeza de la conexión entre ambos y el hecho de sentirse deseada.

Cuando él le decía lo hermosa que era, ella sentía que estaba en la cúspide. Si a esto le agregaba que Milo era el hombre más sexy que hubiera visto y además la escuchaba y se preocupaba por lo que sentía, le pareció que era mucho. Trataría de disfrutarlo todo lo que pudiera, haciendo atrás sus reparos, dejándose llevar para descubrir todo lo que podía brindarle.

Con una gran taza de café, sentada en el enorme balcón, bañada por la luz del amanecer y el arrullo del agua que rompía a pocos metros, trabajaba sin cesar en sus bocetos. Se había levantado tan temprano como acostumbraba, a pesar del agotamiento físico provocado por las sesiones amatorias que habían hecho de su noche una delicia.

Liberada del bloqueo que la había asolado estos últimos meses en los que el cansancio y el trabajo excesivo habían bloqueado su mente, esta parecía fresca y su mano se movía con pericia trazando imágenes que originaban indumentaria. El saber que era poco factible que algún día pudiera convertirlas en algo real no medraba el deleite que le producía plasmar sus sueños en el papel. Lo que para otro podía ser una falda, un pantalón, un vestido, para ella era mucho más.

No se consideraba una artista, pero se sabía creativa y tenía claro que le gustaría lograr: una línea de ropa bonita, sensual, elegante, para mujeres como ella. Las referencias técnicas que tenía las había logrado de su tía y de un breve curso que había podido realizar hacía algunos años. Leía y veía tutoriales de manera constante, llevando a la práctica muchos durante los años. Había dejado de hacerlo sin poderlo evitar. Milo había traído con él la inspiración. En este momento creaba por la satisfacción de hacerlo.

—Estas muy concentrada—la voz ronca de Milo llamó su atención y miró un costado, sonriendo al sexy hombre que aún en bata mañanera lucía como un millón de dólares.

—No hay que hacer esperar a la inspiración.

Él se adelantó y observó sus bocetos, tomando varias de las hojas que yacían en desorden en la mesa.

—¿Esto es lo que quieres hacer? De poder emprender algo, ¿esto es lo qué harías?

Había curiosidad en su pregunta y ella asintió.

—Un sueño simple el mío.

Al lado de lo que eran sus empresas y sus edificios, lo suyo podía ser risible. Mas él la miró con seriedad.

—No hay sueños simples, Regina. Es lo que nos impulsa a seguir.

—Sí. Parece un poco lejano ahora—luego de decirlo se arrepintió.

No podía permitir que la realidad se colara en lo que vivía ahora, que era una fantasía de corto plazo.

—Hay muchas posibilidades para emprendedores. Lo sabes, ¿verdad?

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