MILO.
Era difícil que Regina saliera de su sistema, pues cada encuentro, cada intimidad compartida, cada vez que follaban, él se sumergía más y más en el universo de su sonrisa, en la suavidad de sus caricias y en la inquietante profundidad de sus ojos. Cada vez que la tomaba, que derramaba su pasión en ella y disfrutaba de la concreción de su lujuria en todas las formas imaginables, se comprometía más. Lo entendía y eso lo retraía.
Luego de su fin de semana en Santa Mónica, todo pareció precipitarse. Había esperado algunos días para volver a contactarla, esperando que todo decantara y su buen juicio prevaleciera, pero eso había resultado imposible. Al cabo de menos de lo que hubiera sido razonable, estaba deseando tenerla a su lado. Como si su cuerpo la necesitara y no pudiera mantenerse ajeno a ella, como si fuera un adicto y ella su sustancia, la que le quitaba buena parte de su lógica y hacía que su cuerpo y su mente se desfasaran. Cayó una y otra vez en la tentación, semana tras semana, a veces logrando resistir un poco más.
Mas cuando la abstinencia se volvía prolongada, Regina aparecía en su retina en el medio de las reuniones más serias y aburridas. Acostada sobre su mesa, abierta para él, con sus grandes ojos incitándola a tomarla, a que la poseyera sin descanso y gozara de su sexo tibio y delicioso. Estas distracciones no habían pasado desapercibidas para sus hermanos, que le observaban, picados y asombrados. Por fortuna, a pesar de su insistencia por saber qué o quién lo afectaba así, aún lograba conservar el secreto de Regina.
Era suya, su secreto. No sabía por cuánto tiempo lo sería: suya para disfrutar, suya para compartir momentos, para no estar solo y sentir que la vida tenía otro sentido además de hacer dinero y entrenar.
Regina y sus hermanos lo ataban a tierra y le daban lo que necesitaba para no caer en una espiral de desasosiego. Estaba agotado y comenzaba a perder la fuerza y la convicción que lo habían mantenido durante tanto tiempo a cargo de los negocios de la familia. Esta realidad se le hacía cada vez más evidente. En verdad, el contacto y la presencia de ella lo habían sensibilizado. Los años inmersos en la férrea conducción del conglomerado Monahan lo habían vuelto más agrio de lo que deseaba y lo habían alejado de la naturalidad de las relaciones. Esa que sentía recuperaba en las charlas y los encuentros con Regina. Pensar en perder esto era duro y retrasaba la decisión.
Que esto había impactado en su humor era evidente y también para sus hermanos. Fue claro que los tres habían intercambiado impresiones y se lo hicieron notar en la comida dominical. A las pullas de Kaleb se sumó la intriga de Violet, que le preguntó directamente si estaba viendo seriamente a alguien.
—Por favor, que no sea Melody—le dijo.
Se rio. Sabía que ella esperaba su negativa y por eso se lo preguntó sin su presencia, que parecía haberse vuelto una constante los domingos, lo que hablaba a las claras de que su madre tenía un plan.
—No te preocupes—le guiñó un ojo—. No está en mi agenda tener algo ahora ni nunca con esa mujer.
—Por Dios, guiñó un ojo—dijo Jace—. ¿Quién eres tú en el cuerpo de Milo?
Lo miró condescendiente.
—¿Estás viendo a alguien, entonces? —volvió a la carga Violet.
Le hizo sonreír esa ansiedad por saber. Tenía claro que venía desde las mejores intenciones.
—Podría decirse.
Fue deliberadamente ambiguo. ¿Cómo cuenta uno lo satisfecho y completo que se siente por tener a una mujer que hace de sus noches y de sus horas un deleite? Alguien que es tan encantador y honesto que no parece tener cabida en su mundo. Alguien a quien no puede dejar de tocar o cuya sonrisa le llena. Alguien a quien ha dado un plazo en su vida. Alguien que le da tanto y que se ha colado hondo, que parece tener poder sobre él.
Uno que no podía permitir que tuviera. Milo comenzaba a notar que la relación trascendía el deseo y lo veía también muy claro en los ojos bellos de Regina. No podía permitirse generar falsas expectativas, en ella ni en él.
Sabía que había sido claro desde el inicio, pero todo había sido tan bueno que comenzaba a trascender los objetivos iniciales.
—¿Cómo así? —dijo Violet.
—Puedo decirte que estoy viendo a alguien, pero no es importante.
—Es extraño. Ha logrado cambiarte y mejorar tu ánimo. Distraerte— sentenció Jace.

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