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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 166

Incluso en su intimidad, donde no las necesitaba, alzaba barreras de protección.

En el fondo sabía que pretendía mucho más que algo físico con él, pero no era posible. Tomaba lo que él quería ofrecerle. Si Tina escuchara la descarnada verdad se preocuparía y tacharía de inmoral y aprovechado a Milo. La confrontaría para que viera lo bajo que la hacía caer. Desde afuera se debía ver así, lo intuía. Pero ella había comenzado a conocerlo y sabía que detrás de ese frío exterior él era un hombre que se interesaba por ella y sus asuntos, que podía ser dulce y galante, además de era un amante excepcional.

No había hecho nada para engañarla, nada le había prometido que no fuera sexo. Y, aun así, quería darle más. No aceptaba sus joyas o su ropa, sus ofertas de ayuda laboral, que todo eso hubo. Sí tomó todo el tiempo y oportunidades de encuentros que le propuso, disfrutando de una intimidad que era mucho más que sexo.

Sabía todo de ella y algo de él había fluido en las conversaciones, aunque le costaba abrirse. Cuando hablaba de sus hermanos, los ojos se volvían más cálidos, en especial al mencionar a su hermana Violet o incluso cuando bromeaba sobre lo inconstantes, demandantes o gruñones que eran sus hermanos. Le había hablado de Beatrice, algo así como una nana todoterreno que los había criado.

Casi no había hablado de sus padres y la mirada se había endurecido al mencionarlos. Él había reconocido que adoraba a Beatrice y en ese momento deseó ser como ella. Amada. Esa palabra sonaba tan bien en sus labios. Cuando sus charlas derivaban a facetas tan íntimas e interesantes ella disfrutaba, pero sabía que cada uno de estos apuntes de su personalidad solo contribuían a complicar todo. Y ahora, acá estaba, en su casa en la playa, en ese paradisíaco y cotizado lugar de Santa Mónica, a punto de pasar dos días con él. Ansiedad a full era lo que la llenaba. Se apresuró a volver la vista a la casa y pretendió cargar su bolso, tarea que Milo se apresuró ejecutar.

—Permíteme ser el caballero que necesitas—su sonrisa seductora la sonrojó y la hizo parpadear.

Una ráfaga de aire limpio empujó la falda de su vestido arriba y ella la alisó, tratando de contener el revoloteo. Era un modelo bonito que había diseñado ella misma y que no había tenido oportunidad de usar. La tela era sutil y adecuada para la temperatura. Se sintió bonita, libre, sin pesos. Milo la hacía sentir así.

Cuando la miraba con apreciación, cuando la piropeaba y no se cortaba en decirle todo lo que le hacía sentir y experimentar, ella brillaba. Así lo sentía.

—Te vas a divertir y la vamos a pasar muy bien—sintió el brazo de él que la tomaba por los hombros y la conducía desde el aparcamiento hasta la entrada principal, una puerta majestuosa de madera labrada y oscura.

—No lo dudo—ella sonrió y lo miró, volviendo a pensar que la fortuna le sonreía, aunque fuera por tiempo limitado.

Playa, el hombre más seductor que había conocido, los mejores orgasmos del mundo. Era bastante más de lo que había tenido en años. El romance no estaba en el esquema, pero sí la galantería y el buen trato. De haber podido sumar el amor a eso hubiera sido el paraíso y nadie vivía allí, todo el mundo cargaba mochilas pesadas y situaciones imperfectas.

—Eres mi invitada y tendrás toda mi atención estos dos días. Me alegra mucho que hayas aceptado.

—¿Bromeas?—agregó—. Soy yo quien está agradecida, este es un lugar maravilloso.

—Espero que hayas traído bañador. No puedo esperar a verte con poca ropa, preciosa—dijo en tono ronco mientras la abrazaba por la cintura y la pegaba a sí para darle un beso devorador, al que ella respondió de la misma forma, abrazándose a su cuello y apretando su cuerpo contra él para disfrutar de la tibieza del contacto.

Milo se despegó al cabo de unos segundos, con renuencia, y tomó su mano para conducirla adentro. La habitación a la que accedieron era un salón muy amplio y luminoso, con preciosa vista al agua y al atardecer.

Luego, la dirigió escaleras arriba para ingresar al que supuso el dormitorio principal, dominado por una cama enorme con un maravilloso dosel labrado en madera y hierro forjado que le quitó el aliento. La decoración y los muebles eran en tonos oscuros y crema y de alguna forma Regina podía conectar la personalidad de Milo con esta casa. Era sobria, intensa, con clase, pero sin ostentación.

—Me encanta—giró sobre sí misma y se acercó al ventanal.

Los brazos musculosos la envolvieron y Milo le susurró al oído:

—Tengo pensado un maravilloso fin de semana. Buena comida, paseos en la playa, el descanso que necesitas y mereces. Y mucho, mucho sexo—Ella se estremeció. Notaba sobre si la dureza del miembro de Milo casi insertándose en la parte baja de su espalda—. No puedo esperar a poner mis manos en tu cuerpo, mi mente me ha jugado malas pasadas todos estos días.

Se apresuró a subir la falda del vestido y ella le dejó hacer, sintiendo como su mano se introducía en sus bragas y apartaba el elástico hasta llegar a su centro, deslizando las yemas de sus dedos por sus pliegues, logrando que ella jadeara excitada.

—Milo…—gimió, doblándose con placer.

—Tan tibia, siempre tan deliciosa—hundió uno de sus dedos en la intimidad de su vagina, pero de inmediato se retiró, despegándose de ella, que se sobresaltó.

Él se dirigió hacia la puerta contigua, que era un enorme vestidor, y luego de unos segundos reapareció, con una sonrisa canalla que paralizó el corazón de Regina. Era un hombre tan seductor que no podía evitar sentir un vuelco cada vez que lo veía acercarse y la miraba, toda ella se enervaba.

—Preparé algunas sorpresas para ti—le dijo, con destellos en sus verdes ojos.

—¿Qué tipo de sorpresas?—contestó intrigada.

—De esas que entusiasman y permiten jugar.

—¿A qué te refieres?

Todo lo que hizo fue mostrarle un pequeño objeto redondo, que no reconoció.

—En el sexo hay muchas formas de disfrutar. Algunas incluyen juguetes—le dijo, observando su reacción.

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