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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 165

MILO

Era increíble lo rápido que habían transcurrido esos dos meses; lapso pleno de buenos momentos y el mejor sexo de su vida. Regina era una mujercita, apasionada sexy y dulce, absolutamente diferente a todas laa mujeres que hubiera tratado antes. Trabajadora y orgullosa, incapaz de aceptar o tomar nada extra, esquivando con una sonrisa lo material, entregándose a él por entero.

No sólo disfrutaba de su cuerpo, de su sensualidad; charlar, cenar, bailar, escuchar música o mirar el cielo se volvían planes increíbles con ella.

En más de una ocasión se inquietó ante la posibilidad de estar yendo demasiado lejos; él no había considerado tener algo más que una relación casual. Sin embargo, no dudaba en invitarla a sus lugares más íntimos sin sentirse invadido. Había noches en que sentía necesidad física y mental de su compañía, de detenerla solo para él y disfrutarla, y no dudaba en esquivar sus previsiones o excusas con pequeños chantajes. Nada material funcionaba con ella, pero ofrecerle una noche estrellada en las alturas de Los Ángeles o una película romántica era un plan que solía funcionar. A Milo esto le volaba la cabeza; con ella, solo tenía que ser él.

Era más sencillo convencerse a sí mismo de que no estaba dando un paso demasiado grande que convencer a Regina. Ella trabajaba prácticamente toda la semana en horarios de locos, cubriendo su turno y el de otros, cada vez que su jefe le ofrecía. Además, se movía incesante por agencias de trabajo presentando su currículum. Hubiera resultado sencillo adjudicarle un puesto en alguna de sus empresas, algo sencillo como asistente, pero jamás se lo permitiría. La sola mención de esa posibilidad había resultado en que ella se había cerrado y se había negado sistemáticamente a recibir cualquier ayuda.

Era porfiada y cabezona, más que él mismo; empero, entendía que necesitaba aferrarse a la idea de que no le debía nada, de que podía hacer las cosas a su manera, que era la forma difícil. Lamentaba que tuviera que sostener así a su familia y que hubiera debido abandonar sus sueños; el mundo podía ser bastante injusto, si consideraba que personas como su madre y sus amistades vivían con lo mejor sin mover un dedo. Se reprochaba ver a su madre o a sus pasadas amantes de esa forma, pero no había otra realidad. Él mismo había recibido todo servido, aunque hoy día se desgastara en mantenerlo. Como fuera, cada instante, cada noche con ella valían mucho y era un hombre que entendía de placeres. Ella era una mujer para saborear lento y sin prisas. Una noche no le bastaba, su cuerpo comenzaba a sentir que la quería más.

Por ello pensó que disfrutar de su casa de playa en Santa Mónica era el contexto ideal. Era su refugio, al que escapaba cada vez que necesitaba un impasse, despegarse de lo laboral y distenderse. Invitar a Regina se sintió correcto. Ella lo apreciaría, era un sitio privilegiado con una maravillosa vista, con acceso directo a la arena y el mar. No había llevado a ninguna mujer allí antes. Era casi un santuario, pero Regina encajaría bien en él. Junto a él.

Extendió la invitación por el fin de semana, procurando ensalzar las virtudes del sitio, foto incluida. Sabía que para ella implicaría no trabajar y con ello una quita económica, pero también estaba convencido que debía desconectar. Se estaba haciendo daño con la falta de descanso y él quería asegurarse de que lo tuviera. Con él.

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