Milo no tenía costumbre de dar detalles de su vida y, sin ser a Beatrice o sus hermanos, no tenía a quien darlas. Ni se molestaba en hacerlo; se había habituado a lidiar con su mierda o sus alegrías solo. A nadie más le interesaba saber qué pasaba en verdad por su mente o su corazón, acorazado como estaba.
El mundo solía dar por sentado que estaba bien. En una posición como la suya, con tanto dinero y poder, ¿qué podría ir mal? Mucho, pero no era adecuado o inteligente mostrarlo. Las debilidades se trataban en secreto. No es que él se quejara, era algo que venía con el paquete. Lo había entendido muy joven.
Ella asintió ante la breve frase, entendiendo que fuera reacio a confesiones, sin cuestionarlo. Una vez terminaron, Milo tomó su mano y la llevó a una habitación extraordinaria, con un jacuzzi espectacular que burbujeaba de manera deliciosa. La vista a las luces y los brillos de la noche de la ciudad daban un marco extraordinario; de hecho, el lugar parecía flotar en el espacio.
—Es…—ella había quedado sin palabras y él la miró sonriente.
—Déjame ayudarte, bonita. Esta noche quiero atender cada una de tus necesidades—la voz era baja y grave, insinuante.
La puso con su espalda contra su pecho y desprendió los botones de su camisa uno a uno, sin evitar rozar su piel, tocando sus senos en el camino, masajeándolos y rozándolos cuando estuvieron expuestos, primero a través de la tela del corpiño y luego desabrochando este para ocuparse activamente de cada uno.
—No puedo saciarme de ti. Tus pechos me enloquecen. Estas tetas maravillosas tuyas están fijas en mis retinas.
Sus pulgares rozaron los pezones, que se volvieron piedra y absorbieron las caricias, trasladándolas directas a su centro y a su cerebro, humedeciendo el primero y derritiendo al segundo. Gimió sin poder evitarlo.
Él recorrió su piel, dibujando su clavícula y bajando a su cintura, luego a sus caderas, para desprender el cierre de la falda y bajarla, arrastrando las bragas en el proceso.
Desnuda, expectante, llena de su toque, sintió que le soltaba el cabello y con suavidad se pegó a él, saboreando los besos y mordiscos que bajaron a lo largo de su cuello, desde el lóbulo de su oreja hasta su escote.
La tomó de un brazo y la hizo girar, para pegar todo su frente a él, sus senos contra su pecho duro, su estómago y pelvis contra su miembro rígido, que pugnaba por atravesar el jean. La miró con hambre y antes de que ella hiciera nada, le tomó la boca y la besó con ansia devoradora. Luego y suspirando, se separó de ella para tomar su mano y llevarla al jacuzzi, donde la ayudó a entrar. Ella dio un gritito de gozo al experimentar la tibieza del agua, así como los chorros dirigidos estratégicamente para aliviar su espalda.
Se sentó y se estiró complacida, mientras de reojo miraba como él se quitaba toda su ropa y se apresuraba a unírsele. Se puso detrás, moviéndola contra sí y ella quedó presa entre sus piernas. Él acarició sus muslos y caderas, jugando con sus senos, para luego dirigir sus dedos a su centro, tocándolo desde el clítoris a su roseta, para luego concentrar su roce circular en el puñadito de nervios que era su clítoris, haciendo que ella arqueara su espalda.
—La dulzura de tu embrujo está haciendo que mi cuerpo te extrañe cada vez más, que quiera tener muy cerca—le susurró—. No puedo dejar de pensar en tus pechos, coronados por estos pezones rosados que tanto me gusta acariciar. Imaginarme entre tus pliegues, mojándome con tus fluidos, me pone tenso varias veces al día y acompaña mis sueños húmedos. ¿Te tocas recordándome? —la incitó.
—Sí, sí—contestó con su voz estrangulada.
La presión del dedo mayor sobre su clítoris se hizo más intensa y los eléctricos deseos se ramificaron e hicieron aumentar la temperatura de su bajo vientre.

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