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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 163

REGINA

No había exagerado nada al decir a Milo que estaba agotada, pero parecía que bastaba la perspectiva de encontrarse con él para desvanecer buena parte de su cansancio. Al final de la labor, a su cansancio se sumaba el fastidio con su jefe. Bratt se tomaba más licencias, como si el hecho de que ella dependiera de este único trabajo le hiciera tener derechos sobre ella.

Podía contenerlo, aunque sus manos se volvían cada vez más impertinentes y desagradables. Si esto continuaba así era cuestión de tiempo para que tuviera que abofetearlo y con ello llegaría el despido que tanto temía. Había decidido que era necesario volver a empezar la búsqueda de otros empleos, patear las calles y las agencias con su currículo. Tina le insistía una y otra vez en lo importante que era que promocionara sus habilidades de diseño de ropa y entendía que tenía razón. No perdía nada con intentarlo, con ofrecer sus servicios en línea.

Si tuviera más tiempo. Las clientas de su tía, incluso sus hijas o sobrinas bien podían dar referencias de su labor. Comenzaría con ello mañana mismo, decidió. Podía hacer algo con la vieja máquina de su tía y con sus manos. Ahorrar para comprar una profesional. Crecer, proyectarse. Soñar.

Ver a Milo apoyado en el capó del vehículo, con las piernas cruzadas y las manos en los bolsillos de sus jeans, mirándola con fijeza, le hizo dar un vuelco al corazón. Era un hombre tan viril, tan apuesto; desplegaba encanto y todo él gritaba riqueza, tanto que parecía un absurdo que estuviera en las afueras de esta cafetería, en un barrio tan externo a su círculo, esperándola.

Sacudió su cabeza agitando ideas negativas que probablemente el cansancio traía y dejó filtrar el mantra que Sharon había picoteado en su cerebro por años: <>. La sonrisa se coló en sus labios y en sus ojos; él la hacía sentir bien.

Al acercarse al automóvil Milo se despegó para estrecharla en un abrazo y besarla con ardor, con el que lavó cualquier pensamiento que no fuera sobre él, sobre ambos, y la metió de lleno en la marea de deseo que inexorablemente la invadía cuando lo veía. Su boca la devoró, succionado, mordisqueando sus labios, acariciando su interior con la lengua que quemaba, sus manos a ambos lados de su cara, con sus dejos acariciando sus pómulos y sus ojos a un palmo. Casi sin aliento se separaron y él sonrió.

—Deliciosa. Gracias por aceptar venir conmigo. Espero no haber sido demasiado demandante.

—Está bien. Aunque en verdad voy a tener que traer algún cambio de ropa.

—Creo que te ves aún mejor sin ellas—él había acercado su boca a su oreja y le susurraba, provocando que su piel se enervara—. Desnuda, llena de mí, es como mejor te ves.

Sus palabras la hicieron temblar. Lo notó encendido y esa sensación de sentirse plena y dueña de la lujuria que le provocaba la volvió a envolver.

Podía parecer absurdo, no tenía ningún derecho sobre él, no podía esperar demasiado, pero cuando estaban juntos, se sentía poderosa. La tomó de la mano y la condujo a su lujoso auto deportivo, abriendo con caballerosidad su portezuela. Regina se sintió envuelta por el intenso olor a cuero y confort, los que se asociaron al de su perfume. Afrodisíaco, él lo era.

—Lo prometido es deuda, preciosa. Tengo todo listo. Comida china, jacuzzi, una noche para mimarte.

—Suena fantástico-suspiró, llevándose la mano al cabello. Él conducía con pericia y muy rápido, algo que de habitual la ponía nerviosa.

Claro que quién podría ir lento en un vehículo de esta clase.

Hh—. Bonito auto.

—Te ves cansada—la miró de reojo.

—Es normal, son muchas horas. Me siento bien, de todas formas.

No quería que su realidad opacara las horas que compartían. Ya era bastante triste tener que sobrellevarla. Milo representaba un espacio de libertad y disfrute para ella, no quería involucrarlo en su pobreza. Una que no podría entender o interesar. Ella quería que el mundo real quedara afuera con él, vivir la aventura que representaba, la ilusión de no tener cargas. Con él podía fingir que los problemas e inquietudes no existían.

—Así que me llevas a otra de tus casas. Eres un hombre de recursos.

—En verdad este es mi departamento, el lugar donde vivo. Mi hogar.

Le extrañó que lo dijera de esa manera, como si fuera un sitio exclusivo. Sin embargo, la invitaba a ella.

—No quisiera molestar.

—No eres molestia, Al contrario. Es mi placer mostrártelo. Confío en poder liberarte de todo tu cansancio para poder disfrutarte como te mereces.

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