Descansó mejor de lo que venía haciendo durante las últimas semanas, plenas de trabajo y preocupaciones. El intenso ejercicio físico, la liberación de la ansiedad y endorfinas que significó el sexo con Regina obró de maravillas en su ánimo y le insufló buen humor. Más puntos para agregar a la lista de pros que se acumulaban para mantener a esa mujer en su cama y en sus brazos, entre sus piernas o en su boca, fantaseó.
Recibió a sus hermanos con una actitud bastante menos compuesta de lo habitual, con una sonrisa abierta que Jace fue el primero en recibir, aunque no modificó la mirada ceñuda y actitud enfurruñada que parecía pegada a él hacía un tiempo. De lo que Milo no se salvó, sin embargo, fue del comentario sarcástico de Kaleb, que lo observó:
—Algo te pasa, es definitivo. Estás diferente. Casi pareces…feliz. Si no te conociera, podrías pasar por un ser humano.
—Tonterías—trató de cortar.
Sabía que una vez que una idea se plantaba en la cabeza de Kaleb, no cejaba hasta encontrar la razón o explicación. Y no quería hablar de Regina con ellos. Era suya, su secreto. Su dulce y apasionado secreto, decidió.
—No, no, no. Ya lo noté el domingo anterior. Estás diferente—gruñó Jace, sumándose al escrutinio con una mueca calculadora—. ¿Qué es?
—También lo vi—escuchó la voz de Violet, que ingresaba en ese instante.
—Vamos, hermanita, no tú— Eres mi defensora—ella le dio un beso y una sonrisa cariñosa.
—Tienes algo escondido, campeón—insistió Kaleb—. No tiene nada que ver con los negocios.
—Es cierto—Violet hizo un mohín, su ceño algo fruncido, con curiosidad.
Milo sabía que a ella le encantaría enterarse de lo suyo con Regina, pero no había nada que detallar, en realidad. Esa mujercita era una estrella fugaz, aunque placentera, en su mundo. Quería mantenerla alejada.
—Dejen sus teorías locas. Lo último que deseo es lidiar con tu paranoia, Kaleb. Tenemos que definir varias cosas. Violet está aquí porque creo que es hora de que se integre a los negocios.
—A tiempo—asintió Kaleb.
—Claro que sí, bienvenida al emocionante mundo de la Corporación Monahan, hermanita. ¡Yupiii!—sentenció Jace, rodando sus ojos.
— Jace, deja de ser tan idiota—señaló Milo, fastidiado.
—Me tomó por sorpresa que me llamaras. No voy a pegar una, pero estoy feliz de estar con ustedes. Me ahogo en casa—confesó.
El brillo de sus ojos hizo ver que Milo no se había equivocado al hacerla venir.
—Creo que es necesario que empieces a involucrarte en los negocios de la familia. Debí habértelo pedido antes.
—Pensé que no me querías aquí—confesó ella.
—Claro que sí, pequeña, simplemente quería darte tu espacio.
—Lo agradezco, aunque me resulta difícil encontrar mi norte ahora mismo.
—Pasas demasiado tiempo con mamá—chasqueó su lengua Jace.
—Eso es imposible— dijo Kaleb—. Nuestra madre no tiene tiempo para nada que no sea su ajetreada vida social.
—No, pero la presiona—sentenció Jace—. Lo único que mamá considera conveniente para Violet es un casamiento glamoroso con un hombre que la pueda lucir a su costado.
—Jamás seré algo así—dijo ella, envalentonada—. No seré el adorno de nadie.
Milo sabía que ese era su mayor temor. No quería jugar el mismo rol que su madre había tenido por años. No importaba cuánto dinero manejara su madre, cuán elegante fuera su vida. Todos tenían claro que por décadas había sido un accesorio bonito para su padre. No había tenido tiempo ni ganas de ser una madre. Era la cruda realidad.
—Estar presente en las reuniones e involucrarte en las distinta funciones de nuestras empresas te permitirá encontrar lo que deseas hacer. Quiero que te sientas cómoda y valorada hermanita—le sonrió.
—Puedes empezar trayendo café—sugirió Kaleb, recibiendo la mirada furibunda y el empujón de Violet, que le hizo soltar una risotada, tras la cual la abrazó con calidez.

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