Le encantaría que ella disfrutara de los beneficios de acostarse con un hombre rico como era él. Eso podría poner la relación en un esquema cómodo que podría manejar sin remordimientos. ¡Carajo! ¿Por qué demonios no podía tomarse las cosas con liviandad, como su padre o Kaleb? ¿Por qué tenía que problematizar y analizar cada paso que daba? No le pasaba con los negocios o las relaciones con sus pares, era el terreno que mejor lidiaba. Pero cuando las cosas pasaban al terreno personal, cuando se acercaban un poco a su esencia, se volvía un condenado freekie, susceptible y temeroso. <<Miedo>>, pensó con disgusto. Siempre estaba el miedo. A perder pie, a dar un paso en falso que lo precipitara por el camino que su progenitor había transitado sin complejidades.
Esa senda que lo había convertido en un ser frío y materialista, que tomaba todo de los demás, hiriendo y creyendo que el dinero podía solucionar cualquier desmán o carencia. Suspiró. Su peor escenario, volverse un cerdo sexista y sin sentimientos por el entorno, familia incluida, no era algo cercando, tenía que calmarse. Se castigaba demasiado: él amaba a los suyos, se preocupaba. Evitaba herir a las mujeres que le gustaban.
Lo cierto es que ninguna lo había movilizado como Regina lo lograba, a pesar de no tener nada en común. Era una mujer dulce y una amante de poca experiencia, pero deseosa de complacerlo. Se entregaba sin dobleces y lo que más quería era que la pasara bien, colmar su pasión y que no tuviera miedo con él. Él se sentía renovado con ella, era justo que obtuviera algo a cambio.
Notaba en sus ojos, transparentes como cristal, que ella atesoraba sus frases y palabras de admiración al desnudarla y rozar cada una de sus curvas.
Que sonreía con placer cuando él se encendía y la embestía con fuerza y casi de manera cavernícola, fruto del deseo que ella despertaba. Que disfrutaba del sexo, pero en especial de sentirse anhelada. No había nada impostado en sus miradas y en sus expresiones. Tampoco las había en las de él: cada palabra de admiración, cada suspiro satisfecho, sus gruñidos de disfrute, no eran más que verdades como puños. Ella era perfecta, deseable, sublime en su voluptuosa sensualidad.
Por lo que intuía, sus relaciones amorosas previas habían sido desastrosas. El mohín de contrariedad al mencionar a su ex, uno que pretendió disfrazar de indiferencia, no logró disimular sus ojos velados y el rictus triste de su boca. Eso, sumado a sus palabras, habían sido más que reveladores: <>, se había recuperado rápidamente y le había sonreído.

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