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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 160

MILO

Luego de despedir a la dulce mujercita que había encendido su noche, se acercó a la acristalada superficie del ventanal, perdiéndose en la magnífica vista de las luces de Los Ángeles a sus pies. Bebió un largo sorbo de su vaso de whisky y lo paladeó con placer. Tanto como le gustaba, no podía compararse con el sabor que aún guardaba su boca, el embriagante e íntimo de Regina.

No se había equivocado cuando la había visto, su ropa empapada y su cara abochornada en aquella fiesta, cuando supo que tenía que tenerla en su cama. El sexo con ella no se igualaba a nada que hubiera tenido antes. Bien estaba que ninguna relación anterior, más o menos larga, había sido algo serio, pero esto que acababa de vivir con Regina era intenso, superaba su expectativas más altas.

La pasión y entrega que esa mujer le regalaron, la forma sublime en la que gimió cuando la acariciaba, sus quejidos cuando sus dedos rozaron sus zonas más erógenas, esas que lo llamaban como el agua a un sediento, sus grititos lujuriosos cuando se corrió, todo había sido de una sensualidad impactante. Había logrado multiplicar sus propias sensaciones y que sintiera hambre de ella apenas la despedía y no la tenía a su merced, su boca añorando sus pechos y su dulce y apretado clítoris.

Su miembro volvió a tensarse, inquieto y voraz como si desdeñara el hecho de que hacía apenas minutos que terminaba de disfrutar de las profundidades cálidas de la boca y vagina de Regina. Esta sensación de permanente calentura que lo atosigaba era lo que su hermano Kaleb esgrimía. En su defensa cuando él le reprochaba sus constantes devaneos y amoríos, su ir y venir sobre las relaciones, su actitud de picaflor constante.

Suspiró, intentando justificarse. En su caso era algo que solo Regina generaba, solo ella había conseguido que su presencia y su recuerdo lo enervaran sin pausa. Suponía que esto iría remitiendo una vez que sus encuentros se volvieran repetidos y la novedad que representaba en su vida desapareciera. Sorbió otro trago de su whiskey, pensativo. Eso esperaba. Tanto como disfrutaba de su presencia y su sensualidad, sentía que estar con ella le hacía perder objetividad y que el eje racional que de habitual lo mantenía en su sitio se conmovía. Y eso no era bueno.

Lo había asombrado e intrigado por partes iguales su entrega, sin exigencias materiales; tan desconfiado como era, sabía que no se podía fingir la expresión de sorpresa de ella al ver el vestido y los zapatos, como si fuera algo de otro mundo que él tuviera el gesto de regalarle objetos. Cualquier mujer en su posición vería natural recibir regalos costosos, incluso lo habría sugerido. Joyas, viajes, una tarjeta dorada.

No obstante, ella había abierto sus ojos y su boca con total confusión e incertidumbre. Eso no era nada para él, simples detalles, pero supuso que para alguien que trabajaba arduamente durante toda la semana y que conocía el valor monetario de esos objetos, era algo obscenamente caro. Lo había pensado de manera mecánica y había solicitado a su asistente que lo adquiriera y había hecho un buen trabajo. Ese vestido estaba hecho para ella, le sentaba como un guante y envolvía de maravilla sus líneas sensuales y curvas, dotándolas de elegancia y sofisticación. No es que esas cualidades no estuviesen en ellas, pero se destacaban plenamente.

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