El mesero no reconocía a Nerea, así que al verla llegar y presentarse como la gerente del hotel, se quedó con cara de confusión.
Sin embargo, sí vio a Rebeca.
Rebeca le lanzó una mirada rápida y, al instante, el mesero entendió el mensaje. Dio un paso atrás, dejando el espacio libre para que Nerea tomara el control de la situación.
De pronto, la Srta. Pilar cambió la forma en que hablaba. Si hacía un momento usaba un español claro y neutral, ahora soltó un torrente de palabras con acento regional, casi incomprensible para quien no estuviera acostumbrado. Sus ojos se pusieron en blanco de puro fastidio y empezó a señalar a todos lados con el dedo, soltando quejas a la velocidad de una metralleta.
Al final, terminó apuntando el dedo justo en la nariz de Nerea, y hasta le salpicó la cara con saliva de lo exaltada que estaba.
Rebeca se acercó al mesero y susurró:
—Oye, ¿qué onda con la Srta. Pilar?
El mesero puso cara de resignación y respondió:
—Es clienta frecuente, pero muy exigente. Siempre está buscando un motivo para quejarse y no falta el día que nos grite. Hoy se molestó porque en su cama no había decoraciones hechas con toallas, como los cisnes, y pensó que la estábamos ignorando.
—¿De veras no pusieron nada? —preguntó Rebeca.
—Es que ella salió temprano y la señora de la limpieza entró a arreglar el cuarto. Cuando terminamos de limpiar el piso, normalmente pasamos a poner las decoraciones, pero esta vez la clienta regresó a los diez minutos y no nos dio tiempo de poner nada.
Rebeca asintió con comprensión:
—¿Ya contactaste al personal de habitaciones? Que vengan rápido a resolverlo.
—Ya les avisé, pero... —El mesero señaló discretamente hacia el cuarto, donde Nerea estaba agachada junto a la cama—: Esa nueva gerente, parece que ya hizo un par de figuras ahí mismo.
Y es que Nerea no solo había hecho cisnes de toalla, sino también un elefante, una jirafa, un conejo y hasta un par de pajaritos. Las figuras estaban perfectamente alineadas junto a la cama, formando toda una colección de animalitos tiernos y muy bien hechas, que daban gusto verlas.
Nerea se puso de pie, sonriendo, y le respondió a la Srta. Pilar usando el mismo acento regional.
De inmediato, la Srta. Pilar parpadeó sorprendida.
—¿Tú también eres de allá? Hablas igualito que la gente de mi pueblo.
Nerea explicó, manteniendo la sonrisa:
—Mi mamá es de allá. De niña viví un tiempo en ese pueblo, así que aprendí el acento.
La expresión de la Srta. Pilar se suavizó bastante:
—¿Eres nueva aquí?
—Así es, hoy es mi primer día. Srta. Pilar, lo que necesite puede decírmelo, yo me encargo de que todo quede a su gusto.
—Bueno, entonces te encargo que cada día vengas a hacer estas figuras en mi cama. Te quedan muy bonitas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Esposa que Quemó su Pasado