Entré al agua. Estaba ardiendo. Perfecto. Me hundí hasta que solo quedaron fuera la cabeza y las rodillas. El calor me abrasó la piel, me quemó las lágrimas que no sabía que estaban ahí. Apoyé la nuca en el borde y miré el techo. Hasta el techo tenía su marca: molduras discretas, luces empotradas que él había insistido en poner porque “la luz fría es para oficinas, no para casa”.
Todo olía a él.
Era como si el ático entero se hubiera confabulado para no dejarme olvidar ni un segundo que él había estado aquí. Que esto era suyo. Que yo era suya.
Y de repente eso me dolió más que el silencio.
Me hundí un poco más, hasta que el agua me tapó las orejas. El sonido del mundo se volvió lejano, solo quedaba el latido de mi corazón golpeando contra el pecho y el murmullo del agua contra la porcelana. Quería llorar. Quería gritar. Pero no salía nada. Solo un vacío pesado, como si me hubieran vaciado por dentro.
Saqué la cabeza. El vapor había empañado los espejos. Me miré en uno de ellos, un borrón pálido con ojos enrojecidos y pelo pegado a la cara. Parecía alguien que acababa de perder algo importante y todavía no sabía cómo nombrarlo.
Apoyé los brazos en los bordes de la bañera y me quedé así, inmóvil, dejando que el agua se enfriara poco a poco. Pensé en dibujar más, en romper más hojas, en quemarlas incluso. Pensé en hacer la maleta yo también y marcharme a cualquier sitio donde no hubiera nada suyo. Pero ¿adónde? No tenía a donde huir.
El agua ya estaba tibia cuando decidí salir. Me envolví en su albornoz porque el mío estaba en la lavandería. Olía a él, por supuesto. A colonia, a piel caliente, a café de la mañana. Me lo ceñí fuerte, como si pudiera abrazarme yo misma.

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