“Boletos y reservas confirmados. Chofer avisado. ¿Algo más, señor Blackwood?”
Envié y esperé, pero no respondió.
Apagué el ordenador. Me puse el abrigo. Miré el reloj: 18:32. Todavía faltaban horas para salir hacia el aeropuerto, pero ya no había nada que hacer en la oficina. Ni cena italiana. Ni vino tinto. Ni repetir lo de anoche.
Cuando por fin apareció, quince minutos después, ni me miró
—Vamos a casa —dijo, voz plana—. Tengo que preparar las maletas.
Lo seguí y ninguno dijo nada, él iba con el ceño fruncido y yo opte por el silencio.
No hablamos en todo el camino.
El jueves que había empezado con tortitas, fresas y promesas de amor hasta el amanecer, terminaba así: en silencio, con maletas por hacer, un vuelo nocturno por delante y un nudo en el estómago que no sabía cómo deshacer.
Y lo peor era que no entendía por qué.
Llegamos al ático pasadas las siete. Subimos en el ascensor en el mismo silencio que había empezado en el parking de la oficina. Sebastián pulsó el botón del piso con un dedo tenso, como si incluso ese gesto le costara esfuerzo. Yo me quedé mirando los números que subían en el panel luminoso, contando mentalmente para no tener que mirarlo a él.
La puerta se abrió directamente al vestíbulo. El olor a hogar, me golpeó como una bofetada dulce y cruel al mismo tiempo. Encendí las luces tenues del pasillo. Sebastián dejó su maletín en el suelo con un golpe seco y se quitó la chaqueta sin mirarme.
—Voy a hacer la maleta —dijo, más para sí mismo que para mí.
No me pidió ayuda. Ni siquiera me miró para ver si yo iba a ofrecerla. Simplemente caminó hacia el dormitorio principal. Yo me quedé en el umbral un segundo, y luego di media vuelta y me fui sin decir nada.
Entré en mi estudio y cerré la puerta con suavidad, encendí la lámpara de mesa y me senté en el sillón orejero junto a la ventana. Afuera, la ciudad brillaba como si nada hubiera pasado: luces de neón, tráfico interminable, vidas que seguían su curso. Dentro, todo se sentía quieto, frágil.
Abrí el portátil por inercia, pero no hice nada. Solo miré la pantalla oscura, reflejando mi cara pálida y los ojos enrojecidos que intentaba disimular. El nudo en el estómago se había convertido en algo más pesado, como si alguien hubiera puesto una piedra dentro de mí y estuviera esperando a que se asentara.
La puerta del estudio se abrió despacio. Sebastián estaba ahí, con el traje cambiado por jeans oscuros y una camiseta negra sencilla, la maleta a sus pies. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él mil veces. Sus ojos seguían oscuros, pero ya no había enfado en ellos. Solo cansancio. Y algo que se parecía mucho al remordimiento.
—Chloe —dijo, voz baja, ronca.

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