La junta se alargó hasta las tres de la tarde. Nadie lo esperaba, ni siquiera Sebastián, que había programado solo dos horas y media para repasar el cierre del trimestre y los ajustes presupuestarios del próximo semestre. Pero una vez que los directores empezaron a discutir las proyecciones de ventas en el mercado latinoamericano, las cifras no cuadraban, las preguntas se multiplicaron y las excusas de los responsables de cada área se volvieron cada vez más elaboradas. Yo tomaba notas sin parar, intentando capturar cada intervención, cada número que volaba por la mesa como si fueran balas.
A mediodía Sebastián propuso pedir comida para no interrumpir el flujo.
Pidieron sándwiches, ensaladas y café de la cafetería de abajo. Comimos ahí mismo, alrededor de la mesa de juntas, con carpetas abiertas y servilletas arrugadas. Nadie hablaba de otra cosa que no fueran gráficos, ROI y riesgos de mercado. Yo apenas probé bocado; tenía el estómago cerrado desde el momento en que Sebastián me había hecho correrme contra la puerta de su despacho esa mañana. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándome, no con deseo, ya no. Con esa expresión tensa que ponía cuando algo no le cuadraba del todo.
Terminó a las 15:03. Los directores se fueron despacio, comentando entre ellos, agradeciendo el almuerzo improvisado. Yo recogí los restos de envases, apilé las carpetas, borré la pizarra digital y abrí las ventanas para que entrara algo de aire fresco. Sebastián se quedó sentado en su sitio, mirando la pantalla de su portátil con el ceño fruncido. No me dijo nada. Solo un “gracias, Chloe” seco cuando pasé por su lado para salir.
Volví a mi escritorio. El resto de la tarde fue una sucesión de correos, llamadas y preparativos para la semana siguiente. Sebastián no salió del despacho más que una vez, para recibir a los inversionistas que llegaron a las 15:45. Eran tres, dos hombres de traje caro y una mujer con tacones altísimos y expresión de no tener tiempo que perder. Cerraron la puerta. Desde mi puesto oía fragmentos de conversación, porcentajes, plazos, garantías. La voz de Sebastián era baja, controlada, pero había un filo en ella que no me gustaba. Algo iba mal.
A las seis en punto, justo cuando empezaba a pensar en apagar el ordenador y recordarle la cena italiana que habíamos planeado, el interfono sonó.
—Chloe, entra.
Entré sin tablet esta vez, solo con el móvil en la mano por si necesitaba anotar algo. Cerré la puerta con pestillo por costumbre, aunque él no lo pidió.
Sebastián estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, mirando la ciudad que ya empezaba a encender luces. Tenía la corbata aflojada, las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. No se giró cuando entré.
—Necesito que compres los boletos para esta misma noche —dijo sin preámbulos—. Portugal. Salida a las 22:00 desde el aeropuerto internacional. Clase business. Regreso el lunes por la mañana.
Me quedé quieta un segundo, procesando.
—¿Esta noche? —pregunté, intentando que no sonara tan sorprendida como me sentía.
—Sí. Esta noche.
—¿Puedo saber qué pasó? —pregunté mientras empezaba a buscar los vuelos—. La reunión con los inversionistas… ¿se complicó?

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