El placer subió rápido. Demasiado rápido. Mis piernas temblaban. Me apoyé más en la pared, jadeando.
—No te contengas —murmuró contra mí—. Quiero sentir cómo te corres en mi boca.
Aumentó el ritmo. Sus dedos se movían más rápido, su lengua presionaba justo donde más lo necesitaba. El orgasmo me atravesó como un rayo: intenso, cegador. Grité su nombre, las piernas cediendo un poco. Él me sostuvo con el brazo libre alrededor de mi cintura, sin dejar de lamerme hasta que las contracciones se fueron apagando.
Cuando levantó la cabeza, tenía los labios hinchados y brillantes. Se puso de pie y me besó, profundo, dejándome saborearme en su lengua. Fue sucio y tierno al mismo tiempo.
Me giró con cuidado, poniéndome de espaldas a él. El agua seguía cayendo sobre nosotros. Sus manos subieron a mis pechos, masajeándolos mientras besaba mi cuello.
—Quiero tocarte más —susurró—. Quiero hacerte llegar otra vez así, solo con mis manos y mi boca.
Asentí, todavía temblando.
Volvió a arrodillarse, esta vez detrás de mí. Me abrió las piernas un poco más y deslizó los dedos entre mis pliegues, resbaladizos por el agua y por mí. Dos dedos dentro, curvados, moviéndose en ese ritmo que ya conocía tan bien. Su otra mano subió a mi clítoris, presionando en círculos rápidos. Su boca besaba y mordía suavemente la curva de mi trasero, mi cintura, mi espalda.
El segundo orgasmo llegó aún más fuerte. Me tensé contra sus dedos, temblando entera, apoyando la frente en los azulejos mientras jadeaba su nombre. Él me sostuvo, besándome la espalda hasta que recuperé el aliento.
Cerró el grifo. Me envolvió en una toalla grande y mullida, secándome con cuidado: el pelo, los hombros, la espalda, entre las piernas con una delicadeza infinita. Luego se secó él y me llevó de nuevo al dormitorio, todavía húmedos, oliendo a jabón y a sexo.
Me depositó en la cama con suavidad. Se inclinó hacia la mesita, sacó un preservativo y se lo puso sin dejar de mirarme.
—¿Puedo entrar en ti otra vez? —preguntó, voz ronca pero cuidadosa—. Despacio. Dime si duele o si quieres parar.
Asentí, abriendo las piernas para él.
—Sí. Quiero sentirte. Todo de ti.
Se colocó encima, apoyándose en los antebrazos. Me besó lento, profundo, mientras se alineaba. Empujó despacio, solo la cabeza al principio. Gemí. No era dolor; era plenitud absoluta, intensa.
—¿Bien? —preguntó, voz tensa por el esfuerzo de controlarse.
—Sigue… por favor.
Entró centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Se quedó quieto un segundo, respirando fuerte contra mi nuca.
—Dios… estás tan apretada… tan caliente…

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