Nos quedamos acurrucados un largo rato en la cama, envueltos en la sábana que todavía olía a nosotros y al jabón que no habíamos usado aún. La habitación estaba en penumbra, solo quedaba esa luz violeta que se cuela cuando el sol ya se ha ido pero la ciudad empieza a encenderse allá abajo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos que poco a poco volvían a su ritmo normal. Él me rodeaba con un brazo por la cintura y con la otra mano me acariciaba el pelo, despacio, como si cada mechón necesitara su propia caricia.
No hablábamos. Solo estábamos. De vez en cuando él bajaba la cabeza y me besaba la coronilla, o me apretaba un poco más contra su cuerpo, como si necesitara confirmar que seguía allí. Yo sentía su preocupación en cada gesto: en cómo su pulgar trazaba círculos suaves en mi cadera, en cómo su respiración se detenía un segundo cada vez que yo suspiraba.
—¿Todo bien? —preguntó al fin, voz baja y ronca, casi un susurro.
Asentí contra su piel.
—Más que bien. Solo… pegajosa. Y tengo calor.
Él se rio bajito, el sonido vibrando en su pecho.
—Vamos a ducharnos. Juntos. Te lavo el pelo, te froto la espalda… lo que quieras.
La idea me calentó por dentro de una forma distinta. No era solo el cansancio del día; era la intimidad de algo tan simple después de lo que acababa de pasar.
—Sí. Vamos.
Se levantó primero, con cuidado de no tirar de mí. Me tendió la mano y me ayudó a incorporarme. Cuando estuve de pie sentí ese leve tirón entre las piernas, un recordatorio dulce de lo que habíamos hecho. Él lo notó al instante.
—¿Te duele? —preguntó, serio de repente, poniéndome las manos en las caderas.
—Un poco. Pero es bueno. Me gusta recordarlo.
Me besó la frente, largo, y luego me tomó en brazos como si no pesara nada. Me llevó al baño así, desnuda contra su pecho desnudo. Encendió la luz tenue y abrió el grifo de la ducha grande. El agua empezó a caer caliente, llenando el espacio de vapor en segundos.

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