Tragué saliva. El corazón me latía en los oídos.
—Quiero —respondí, voz temblorosa pero decidida—. Quiero todo contigo. Hoy.
Me miró a los ojos un segundo eterno, como asegurándose de que no había duda. Luego sonrió, esa sonrisa torcida, vulnerable, que solo me regalaba a mí y me besó de nuevo mientras sus manos subían por mis costados, desabrochando despacio los botones de mi blusa. La abrió, la deslizó por mis hombros y la dejó caer al suelo junto al sofá.
Sus ojos recorrieron mi torso desnudo, solo llevaba el sujetador de encaje blanco, con una mezcla de reverencia y deseo que me hizo sentir poderosa y frágil al mismo tiempo.
—Eres preciosa —murmuró, casi para sí mismo.
Bajó la cabeza y besó mi clavícula, luego el hueco entre mis pechos. Sus labios eran cálidos, suaves. Desabrochó el sujetador con dedos hábiles pero sin prisa, y cuando cayó, tomó uno de mis pezones entre los labios y succionó con delicadeza. Solté un gemido involuntario y arqueé la espalda. Él repitió el gesto en el otro, lamiendo despacio, alternando, hasta que mis pezones estaban duros, sensibles, y yo jadeaba contra su pelo.
Sus manos bajaron a mis vaqueros. Desabrochó el botón, bajó la cremallera. Me levanté un poco para ayudarlo y entre los dos nos deshicimos de ellos y de mis bragas. Ahora estaba completamente desnuda sobre él, vulnerable, expuesta. Pero no había miedo. Solo confianza absoluta.
Él se quitó la camisa blanca con un movimiento rápido, dejando al descubierto su torso definido. Me atrajo de nuevo contra su pecho desnudo. Piel contra piel. Calor contra calor.
Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mis muslos. Luego, con una lentitud infinita, una de ellas se deslizó entre mis piernas.
Cuando sus dedos tocaron mi humedad, ambos gemimos al unísono.
—Estás tan mojada… —susurró, voz ronca de emoción—. ¿Todo esto por mí?
Asentí, mordiéndome el labio.
—Siempre es por ti.
Empezó a acariciarme despacio: círculos suaves sobre mi clítoris, explorando con cuidado.
—Quiero sentirte dentro —susurré—. Quiero que seas tú el primero. Ahora.
Se quedó quieto un segundo.
—Chloe… no tienes que hacerlo hoy. No por el día que es, ni por nada. Solo si estás completamente segura.
—Estoy segura —respondí, besándolo—. Te quiero. Quiero esto. Contigo.
Se levantó conmigo en brazos, como si no pesara nada y me llevó al dormitorio. Me depositó con cuidado en la cama, se quitó el pantalón y el bóxer. Su erección saltó libre, dura, gruesa. Me quedé mirándolo, nerviosa pero fascinada.
Se colocó encima de mí, apoyándose en los antebrazos. Me besó lento, profundo.
—Vamos despacio —dijo—. En cualquier momento puedes decirme que pare. ¿De acuerdo?

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