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La esposa de Blackwood romance Capítulo 109

Desperté porque el peso de Sebastián se movió de golpe. Un gemido bajo salió de su garganta cuando se dio cuenta de dónde estaba: todavía encima de mí, dentro de mí, con los brazos envolviéndome como si temiera que me escapara mientras dormía. Parpadeó confuso un segundo, la cara enterrada en mi nuca, y luego soltó una risa ronca, somnolienta.

—Joder… me quedé frito así —murmuró, la voz pastosa—. ¿Cuánto tiempo?

Miré el reloj digital en la mesita. Las luces rojas marcaban las 18:47.

—Como cuarenta minutos, creo. No mucho.

Se movió despacio, con cuidado de no hacerme daño, y salió de mí con un suspiro largo. Los dos sentimos el vacío al mismo tiempo; un pequeño quejido se me escapó sin querer. Él se inclinó y me besó la sien.

—Perdón, amor. Te aplasté.

—No me aplastaste —mentí un poco, sonriendo—. Me gustó. Me gustó mucho.

Se sentó al borde de la cama, los músculos de la espalda tensos y marcados bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Se pasó una mano por el pelo húmedo todavía, y me miró por encima del hombro.

—Farmacia. Ahora. Antes de que cierren.

Asentí. Me incorporé también, las piernas flojas, el cuerpo pesado de placer y cansancio. Abrí mi maleta y saqué mi ropa, el hizo lo mismo.

Salimos de la casa en silencio. Mamá seguía en el hospital con papá, así que no había nadie que preguntara dónde íbamos. Subimos al Audi, y el motor rugió suave cuando lo encendió. Condujo con una mano en el volante y la otra en mi muslo, el pulgar trazando círculos distraídos sobre la tela.

La farmacia más cercana estaba a tres calles. De esas de barrio que cierran a las ocho. Entramos juntos. El timbre de la puerta sonó demasiado alto en el silencio de la tarde.

Una señora mayor detrás del mostrador nos miró por encima de los lentes.

—Buenas tardes. ¿En qué les ayudo?

Sebastián carraspeó, incómodo de repente. Yo sentí el calor subiéndome a las mejillas.

—Necesitamos… la píldora del día después —dije yo, intentando sonar casual, como si pidiera aspirinas.

La señora asintió sin inmutarse, profesional. Se giró hacia los estantes, sacó la caja y la puso sobre el mostrador.

—¿Alguna marca en particular? Esta es la más común, levonorgestrel 1.5 mg. Funciona hasta 72 horas, pero cuanto antes mejor.

—Esa está bien —contesté rápido.

Sebastián sacó la tarjeta. Pagó sin decir nada más. La señora metió la caja en una bolsita de papel marrón, como si fuera un secreto que todos conocíamos pero nadie nombraba.

—Cuídense mucho —dijo con una sonrisa amable antes de que saliéramos.

De vuelta en el coche, ninguno habló durante el primer semáforo. La bolsita estaba en mi regazo, arrugada entre mis dedos. Sebastián puso la mano encima de la mía.

—¿Quieres tomarla ya? —preguntó bajito.

Miré la caja un segundo. Luego a él.

—Sí. Mejor ahora. No quiero pensar en esto toda la noche.

Asintió. Paró en una estación de servicio que todavía tenía luz. Entré al baño de mujeres, abrí la caja con manos temblorosas, saqué la pastilla blanca pequeña y me la tragué con un sorbo de agua del grifo. Amarga. Seca. Pero ya estaba hecho.

Cuando volví al coche, él me esperaba con la puerta abierta del copiloto. Me subí. Me miró fijo.

—¿Estás bien?

—Sí —susurré—. Solo… aliviada. Y un poco triste, no sé por qué.

Se inclinó y me besó despacio, con ternura. Sin lengua, sin prisa. Solo labios contra labios.

—No tienes que explicármelo. Lo que sea que sientas, está bien. Todo está bien.

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