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La esposa de Blackwood romance Capítulo 110

Los ojos de papá se abrieron de golpe, pero no fue una apertura tranquila. Fue como si algo dentro de él hubiera tirado de una alarma invisible. Los párpados temblaron, las pupilas se dilataron buscando foco, y de inmediato su pecho se agitó con un movimiento brusco, desesperado. El tubo endotraqueal que le salía de la boca, grueso, transparente, conectado al respirador, vibró con cada intento de tragar saliva o de toser. El sonido que salió no fue una palabra: fue un gorgoteo húmedo, ahogado, como si el aire se le enredara en la garganta y no encontrara salida.

El monitor empezó a pitar más rápido. La curva de la presión arterial se volvió irregular.

—Papi… —susurré, pero mi voz se me quebró al verlo forcejear.

No podía hablar. El tubo se lo impedía por completo. Solo podía mirarme, con los ojos muy abiertos, llenos de pánico y confusión. Intentó mover la mano que yo tenía entre las mías, pero fue un tirón débil, casi un espasmo. Luego vino otra arcada seca, el cuerpo arqueándose un poco contra las sábanas, el respirador soltando un silbido mecánico de protesta porque el paciente estaba luchando contra él.

Me levanté de un salto.

—¡Enfermera! —grité hacia la puerta—. ¡Por favor, vengan rápido!

Pulsé el botón rojo de llamada de emergencia que colgaba del cabezal de la cama. El pitido se volvió continuo, agudo.

Dos enfermeras entraron casi corriendo. La primera, una mujer de unos cuarenta con el pelo recogido en una coleta apretada, evaluó la pantalla del monitor en un segundo.

—Está desincronizado con el ventilador —dijo sin alzar la voz, pero con urgencia—. Saturación 86… 85… Vamos a sedarlo un poco más y ajustar parámetros.

La segunda enfermera ya estaba manipulando la bomba de infusión, subiendo la dosis de propofol que mantenía a papá en un sueño inducido la mayor parte del tiempo. La primera se inclinó sobre él, le puso una mano en el hombro con firmeza pero sin brusquedad.

—Tranquilo, señor. Respire con la máquina, no contra ella. Relájese… así… —Hablaba como si él pudiera entenderla a pesar del sedante y del tubo—. Ya pasó, ya estamos aquí.

Papá seguía mirándome fijamente mientras el medicamento empezaba a hacer efecto. Los ojos se le fueron poniendo pesados otra vez.

La enfermera de la coleta se giró hacia mi.

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