Me llevó al borde rápido. Demasiado rápido. El placer se acumuló en mi vientre, caliente, apretado. Cuando sentí que iba a romperme, él aceleró, una mano entre nosotros frotando justo donde lo necesitaba.
—Córrete para mí, amor —susurró ronco—. Quiero sentirte.
Y lo hice. Me corrí rico, fuerte, temblando debajo de él, apretándolo dentro hasta que él también se vino con un gemido largo, profundo, enterrado hasta el fondo.
Nos quedamos así un rato. Sudados. Respirando agitados. Él encima, yo debajo, las piernas todavía enredadas.
Al final se dejó caer a mi lado, me atrajo contra su pecho. Besó mi pelo húmedo.
—Esta cama es pequeña para dos —dijo con una risa cansada.
—Pero aguanta —contesté, besándole el pecho—. Como nosotros.
Nos quedamos callados. Teníamos que volver al hospital. Pero por ahora, solo existíamos nosotros dos en mi habitación de adolescente.
Y eso era suficiente.
Seguíamos jadeando, pegados el uno al otro en esa cama que crujía con cada movimiento mínimo. El sudor se enfriaba en nuestra piel, pero ninguno de los dos quería moverse todavía. Sebastián seguía dentro de mí, suave ahora, pero sin salir. Sentía cada latido suyo contra mis paredes, y yo todavía temblaba un poco por dentro.
De pronto él levantó la cabeza, me miró fijo a los ojos y empezó a besarme. Besos lentos, profundos, como si quisiera saborear cada rincón de mi boca. Bajó por mi mandíbula, por el cuello, por la clavícula. Besó el hueco entre mis pechos, el estómago, y volvió a subir hasta mi boca. Besos que no eran urgentes, pero que quemaban igual.
Se apartó lo justo para hablar, con la voz todavía ronca del orgasmo.
—No nos cuidamos.
Me quedé quieta un segundo, procesando. Luego solté una risa incrédula, casi nerviosa.
—Carajo… ni siquiera me di cuenta.
Él sonrió de lado, esa sonrisa cansada pero satisfecha.
—Yo tampoco. Pero… fue delicioso correrme dentro de ti. Sentirte así, sin nada entre nosotros. Joder, Chloe, fue perfecto.

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