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La esposa de Blackwood romance Capítulo 107

Nos quedamos abrazados en medio de la habitación, el tiempo detenido entre el edredón rosa y los pósters descoloridos. El cansancio nos pesaba en los huesos, pero también había algo más: una urgencia callada, de esas que nacen cuando has estado demasiado cerca del borde y de pronto te das cuenta de que el otro sigue ahí.

Sebastián se apartó un poco, me miró con los ojos entrecerrados por el agotamiento.

—Necesito un baño —dijo, voz ronca—. Huelo a aeropuerto y a desesperación.

Solté una risa pequeña, casi sin fuerza.

—Yo también. Llevo desde ayer con la misma ropa. Me siento pegajosa.

Él sonrió de lado, esa sonrisa torcida que siempre me desarma.

—Entonces nos bañamos juntos. Ahorramos agua.

Me eché a reír de verdad esta vez, una risa que salió desde el fondo del pecho y que no pude contener.

—¿Juntos? Sebastián, mírate. Eres gigante. Mi baño es del tamaño de un armario. No entramos ni de broma los dos ahí adentro.

Él levantó una ceja, divertido.

—¿Tan chico es?

—Ven, te lo muestro.

Lo tomé de la mano y lo llevé por el pasillo corto hasta la puerta del baño. La abrí. Azulejos blancos impecables, ducha con mampara de vidrio que apenas cierra bien, lavabo diminuto. El espacio justo para una persona y media si se aprieta mucho.

Sebastián asomó la cabeza, midió con la mirada y soltó una carcajada baja.

—Tienes razón. Si entro yo, no cierras la puerta. Y si intentamos los dos… acabamos en el piso.

—Exacto.

—Está bien. Tú primero. Yo espero.

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