—Gracias por venir —dijo simplemente.
Él levantó la vista.
—No hay de qué.
Ella asintió, como si con eso bastara.
Papá abrió los ojos entonces. Solo un poco. Nos vio a los tres. Primero a mamá, que le sonrió y le acarició la mejilla. Luego a mí. Y después a Sebastián.
Papá parpadeó despacio. Intentó decir algo, pero solo salió un sonido ronco bajo la mascarilla. Mi madre se inclinó hacia él.
—Tranquilo, cariño —murmuró—. Estamos aquí.
Papá se quedó despierto un rato, una enfermera le aplicó un calmante y volvió a dormirse, Sebastián y yo le insistimos a mi madre para que se fuera a casa a descansar, pero no quiso.
—Yo no estoy cansada, en cambio ustedes dos si, miren sus caras.
Sebastián y yo nos miramos y carajo que era cierto, sus ojeras le llegaban al piso, y yo, no había dormido mucho ni siquiera de jueves para viernes.
Así que sonreímos al mismo tiempo.
Mamá me tendió las llaves de casa y Sebastián y yo salíamos tomados de la mano, prometiéndole que volveríamos en un par de horas.
Cuando bajamos al estacionamiento, el miró el Audi
—Este no lo había estrenado.
—Lo siento, tomé las primeras llaves que vi.
Él se encogió de hombros —no te preocupes, sigo sin querer conducirlo. —Y caminó al asiento del copiloto. Puso mi valija y sus cosas atrás.
El observó cada movimiento que hice mientras conducía.
—Sé que no es el momento, pero me puso un poco verte conducir mi auto.
Me sonrojé enseguida
El trayecto hasta el barrio fue corto, pero se sintió eterno. Conducía despacio, casi sin darme cuenta, como si quisiera alargar esos minutos antes de que Sebastián viera de cerca de dónde vengo. Él no dijo nada durante el camino. Solo me miraba de reojo cada vez que cambiaba de marcha, cada vez que pisaba el embrague con el pie izquierdo y movía la palanca con la derecha. Cuando llegamos a la calle estrecha donde crecí, el Audi negro mate pareció demasiado elegante para todo esto.
Aparqué frente a la casa de mis padres, con la fachada de ladrillo visto y las rejas blancas. El césped cortado a navaja, ni una hoja fuera de lugar. Mamá es así. Obsesiva con el orden y la limpieza. Siempre lo fue.
Bajamos. Sebastián sacó la bolsa de viaje del maletero y me siguió sin preguntar nada. Abrí la puerta y el olor a hogar me pegó de lleno, lavandina, café recién hecho aunque nadie lo hubiera preparado hoy, y un leve perfume a vainilla de la vela que mamá deja encendida en la cocina aunque diga que no le gusta el humo.

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