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La esposa de Blackwood romance Capítulo 105

El nombre me cayó como un balde de agua fría y caliente al mismo tiempo. Me quedé quieta, procesándolo.

—¿Sebastián… le pidió que viniera?

—Insistió, más bien. Me dijo que era el padre de su esposa. Que no escatimara en nada. Que moviera lo que hiciera falta. Y aquí estoy.

No supe qué decir. Sentí calor en las mejillas, un nudo distinto en el pecho. No era solo gratitud. Era confusión. Era rabia residual mezclada con algo que se parecía peligrosamente al alivio.

—Gracias —conseguí decir al fin—. De verdad. No sabe cuánto significa esto para nosotras.

—Hago mi trabajo, señora Blackwood. Pero me alegra poder ayudar. Ahora vuelva con su padre. Yo estaré por aquí.

Volví a la habitación con las piernas flojas, mi mamá no dijo nada.

Las horas siguientes fueron un borrón, la nueva medicación entrando por la vía, el cambio en el oxígeno, la TAC que confirmaba que la consolidación no había empeorado, el doctor Mendoza volviendo cada hora para auscultar, ajustar, decidir. Papá abrió los ojos una vez, brevemente, me miró como si me reconociera y murmuró algo que no entendí. Luego volvió a dormirse. Pero respiraba más tranquilo. El bip del monitor parecía menos urgente.

A las doce y media del mediodía, cuando el doctor Mendoza dijo que por ahora podíamos estar tranquilos y que volvería en un par de horas, mamá me obligó a ir a la cafetería.

—Come algo. Aunque sea un bocadillo. Llevas desde ayer sin probar bocado.

—No tengo hambre.

—No es una sugerencia, Chloe.

Bajé. Pedí un café con leche y un sándwich de jamón que apenas toqué. Estaba sentada en una mesa junto a la ventana, mirando el parking, el Audi negro mate seguía allí, como un guardián silencioso, cuando oí pasos rápidos detrás de mí, me giré.

Y allí estaba Sebastián.

Con un traje oscuro, ahora arrugado, corbata floja, pelo revuelto, ojeras marcadas. Llevaba una bolsa de viaje pequeña en una mano y el móvil en la otra, como si acabara de colgar una llamada. Me miró un segundo, como si necesitara confirmar que era yo de verdad, y luego cruzó la distancia en tres zancadas.

—Chloe…

No esperé. Me levanté de golpe y me lancé a sus brazos. Él me atrapó, fuerte, como si temiera que me escapara. Olía a avión, a colonia y a cansancio. Enterré la cara en su pecho y por primera vez en veinticuatro horas dejé que las lágrimas salieran sin control.

—Estás aquí —murmuré contra su camisa.

—Claro que estoy aquí. ¿Dónde iba a estar?

Me aparté un poco para mirarlo. Tenía los ojos rojos, no solo de sueño. De preocupación. De todo lo que había dicho por teléfono y de todo lo que no había dicho.

—El doctor Mendoza… —empecé.

—Lo sé. Ya hablé con él por teléfono hace un rato. Dice que tu padre está respondiendo bien. Que lo peor ha pasado.

Asentí. No podía hablar.

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